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Actualidad – Página 2 – David Fernández

Una historia sobre la incomunicación entre Pronga-Beifar

Hace ya tres años que una de las cada vez más frecuentes riadas del Nalón se llevó por delante la pasarela que une Pronga con Beifar, complicando las comunicaciones entre ambos núcleos. Los unos no pueden acceder al tren, los otros no pueden ir a misa, y los todos, en definitiva, tienen que dar vueltas en coche de varios kilómetros para poder sortear el obstáculo del río.

Pero esta incomunicación tampoco es reciente, porque ya hace 102 años, se denunciaba los problemas que tenían los vecinos de la zona para poder cruzar de una orilla a otra.

La «Revista General de Enseñanza y Bellas Artes» recogía en su número 32 del 15 de abril de 1911, un artículo que bajo el título «La enseñanza en Asturias» recorría la situación de las escuelas en todo el territorio asturiano, siendo de interés para los pravianos el siguiente fragmento:

pronga

Como vemos, la incomunicación de ambos núcleos no es algo nuevo, aunque sí sea más comprensible en una época como aquella que en pleno siglo XXI, con los avances técnicos a nuestra disposición para remediar el problema. Aunque de aquella el problema era principalmente de los niños que se veían imposibilitados para acudir a la escuela durante los meses de invierno por la dificultad para cruzar el río, hoy en día afecta a todos los vecinos, teniendo en cuenta el envejecimiento de la población. Tampoco se libra el alumno de Pronga que tiene que ir al Instituto. Hay cosas que 102 años después no cambian, como si el tiempo siempre tendiese a pararse en el mismo punto de la historia.

Estado actual de la pasarela (Foto: Izquierda Unida de Pravia)

Una llingua cada vez más muda

Cuando dexó d’espublizase en papel Les Noticies diome muncha pena por dellos motivos, aunque yera cosciente de que la calidá del selmanariu baxara o que la llínea editorial nun yera mui prósima a la mía, caltenía esi euru selmanal de militancia, anque fuere de mou simbólicu, por meru sofitu al que yera l’únicu mediu n’asturianu qu’ún podía atopar nel kiosku.

Dende que ñació’l selmanariu, a mediaos de los 90, tuvimoslu bien cerca porque yera ún de los periódicos que selmana tres selmana caltenía mi tíu Fran nel chigre y que nun faltaba cada vienres. Primeru pa ver la tira de Neto que mos daba otra visión d’Asturies dende la retranca que tan bien se-y da, llueu por unes columnes d’opinión de lo más variopintu poles que mos pudimos averar a los que sedríen llueu actores culturales, políticos ya institucionales d’esti país. Servíanos, a los asturianos que nun formábemos parte d’esi triangulu ampliau que conformen Xixón, Uviéu y Avilés coles cuenques, p’averanos a les novedaes editoriales, musicales y culturales que, dende un puntu vista asturianu, mos averaben, lloñe del folclorismu tópicu y los llugares comunes del costumbrismu clásicu, a esa cultura que xorrez dende la nuesa sociedá y que nun suel tener muncha cabida n’otra prensa.

Les noticies foi lo que mos averó a munchos a la llingua, lo que mos ayudó a da-y un filu de normalidá, frayando cola diglosia qu’un sistema educativu escluyente de lo propiu mos imponía y mos marcaba esa llínia divisoria entre lo qu’ún falaba en casa y lo qu’ún tenía de falar fuera d’ella. El simple fechu de dir al kiosku a mercar cada vienres el diariu servía p’amosar que la llingua taba viva, que la llingua interesaba y que la xente podía usala pa informar y pa informase, con tola normalidá del mundu y ensin complexos. Esi foi el gran méritu, el poder llevar a tolos kioskos d’Asturies la so llingua (o una d’elles, más bien) y tener una opción, piquiñina como’l país, de poder escoyer y de poder se quien a comprender que los complexos d’inferioridá había qu’entamar a quitalos d’enriba.

Cola muerte definitiva de Les Noticies y d’Ambitu, muerre una canal perimportante de difusión y de normalización de la llingua asturiana, poro tamién, palos que mos criamos y concienciamos nesti ámbitu entre finales de los 90 y principios del nuevu sieglu, ye daqué sentimental y simbólicu de lo que queríemos ser y la frustración de pensar que, 15 años dempués, nun tamos meyor, nin igual, tamos peor y ensin espacios que faciliten facer país.

Pa mí, además, desapaecer Les Noticies recuérdame tamién al mi tíu que ya nun ta con nos y del que m’alcordaba cada vegada qu’abría’l periódicu.

Menos caridad, más justicia social

En 1891 el papa León XIII escribía la Rerum Novarum, la primera encíclica con contenido social de la Iglesia católica. Ante el surgimiento de las grandes ciudades al albor de la Revolución Industrial, de la proletarización progresiva de gran parte de las clases populares y de una profundización de las desigualdades, la Iglesia se vió obligada a crear una doctrina social de la que dicha encíclica podría considerarse el punto de partida.

El surgimiento de esta doctrina, que serviría posteriormente para la aparición de grupos y tendencias dentro de la Iglesia católica que comenzaban a analizar y denunciar la injusticia, no fue fruto sino de la necesidad del momento que, ante la evidencia de la injusticia que de modo innato producía el capitalismo, debía también poner coto al socialismo y las ideas revolucionarias, que comenzaban a calar entre las clases populares convirtiéndose en una verdadera amenaza para los estamentos privilegiados, entre ellos, la propia Iglesia.

En este intento de autoprotección y de tímida denuncia, se comenzó a asumir, desde el liberalismo y las burguesías nacionales el concepto de la justicia social y de la caridad cristiana, como un elemento de amortiguación hacia las ideologías de corte revolucionario que predicaban por un nuevo sistema sin injusticia.

Surgió a partir de todo esto la confrontación clásica entre quienes por un lado reivindicaban una caridad que aliviase el sufrimiento del pobre, del desfavorecido, pero sin cuestionar el orden de las cosas, la sociedad de clases o el reparto de la riqueza. Quienes más tenían, como gesto caritativo, unas veces por mero paternalismo, otras por justificación moral y otras por mera apariencia, obsequiaban a los desfavorecidos con una pequeña ayuda que de forma temporal aliviase su situación.

Frente a esto surgirían las ideologías que renegaban de la caridad, de la limosna, para reivindicar la justicia social. Frente a pequeños parches que aliviasen las conciencias de quienes se beneficiaban de la brecha social entre ricos y pobres, surgían las ideas y movimientos que reivindicaban la justicia social, el igualitarismo, cambiar el órden social en definitiva por uno donde no hubiese ricos ni pobres.

A lo largo de las décadas esta dualidad ha permanecido, algunas veces en forma más obvia y otras de manera más soterrada, impregnando a veces incluso a los que antaño reivindicaban la justicia social.

Vemos en la actualidad, quizá imbuídos de un cierto romanticismo cristiano envuelto en laicismo, a partidos políticos que organizan campañas benéficas [1][2][3], caritativas, que ven en la limosna la respuesta a la brecha social cada vez más grande entre quienes lo tienen todo, quienes tenemos poco y quienes no tienen nada. No seré yo quien critique a quienes decidan libremente dar lo que les sobra a quien lo necesite, ni quien cuestione el altruismo o la ayuda desinteresada al que menos tiene. Pero no debemos olvidar que la política no se puede basar en caridad sino en buscar la justicia social, en conseguir que la miseria y la necesidad no tengan que ser suplidas por la buena voluntad y los favores de quienes más tienen.

¿De qué sirve la política si en lugar de buscar una sociedad justa e igualitaria nos resignamos a dar limosna?

Como decía Karl Marx «de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad» (Crítica del programa de Gotha, 1875). Ésta debe ser la respuesta desde la izquierda ante la desigualdad.

#hayquecontarlo

En las últimas convocatorias de huelga he visto una tendencia por parte de muchas personas de pretender extender el concepto de huelga y paralización total a todos los ámbitos de la vida. Lo respeto, aunque discrepo en uno de los puntos que se suelen usar.

Evidentemente una huelga es un acto político de magnitud, de responsabilidad crítica y una muestra de poder en las calles. Una huelga no es solo la ausencia del trabajo, ni tampoco es solo hacer piquetes informativos. Una huelga es también dejar de consumir, dejar de utilizar los transportes públicos, dejar de usar los servicios públicos e, incluso, muchos plantean una huelga de cuidados, dejando sin realizar tareas domésticas, parando todo lo que incumbe a la vida cotidiana.

Existe una tendencia entre determinados compañeros a llevar al extremo el concepto de huelga, incluso planteando dejar de usar las redes sociales o los medios alternativos las 24 horas que dure la huelga. Lo respeto, pero me parece contraproducente.

En una jornada de lucha intensiva como una huelga general es imprescindible el uso de las nuevas tecnologías, en especial en estos momentos en los que los smartphones o teléfonos inteligentes y las redes sociales ayudan a abrir fisuras en estos tiempos de difícil acceso a los medios de comunicación de masas. Tomar imágenes ayuda a difundir el número real de manifestantes, que nunca será reproducido por los grandes medios, que la tratarán según los intereses circunstanciales de su grupo. También ayuda a grabar abusos y agresiones de la policia y poder luego demostrar cómo actúan quienes teóricamente están para protegernos. Y lo que es más importante, sirve para coordinar las luchas, para darles difusión y para que todo el mundo, esté donde esté, tenga información real, accesible y de primera mano para hacese una idea de lo que sucedió ese día.

A este respecto planteó un debate interesante Eldiario.es donde preguntaba a sus lectores cuál debía ser la postura más correcta, si secundar la huelga al 100% y no publicar nada, o establecer unos servicios mínimos, informando única y exclusivamente de la huelga.

Al menos en mi caso, mañana no consumiré, no trabajaré y no usaré servicios públicos, pero tendré bien cargada la batería del teléfono para, como en la anteriores convocatorias, poder dejar testimonio de lo que fue la huelga. En la era de la información, no se puede prescindir del único espacio realmente libre que nos queda como es Internet. Por primera vez en la Historia, existe un medio para comunicarse de manera universal, al alcance de todo el mundo y sin censuras, usémoslo, nos guste o no, es la herramienta más potente que tenemos en el siglo XXI para difundir ideas e información.

La Troika lleva camisa negra

Un 24 de octubre de 1922, Benito Mussolini decía en Nápoles: «Os digo con toda solemnidad: o se nos entrega el Gobierno o lo tomaremos marchando sobre Roma». Los 40.000 camisas negras que allí lo escuchaban gritaban en respuesta: «¡A Roma, a Roma!».

Este hecho simbólico desembocó en el ascenso al poder del fascismo en Italia y la antesala de régimenes como el de Hitler o Franco. Si Marx anunciaba en el Manifiesto Comunista que el fantasma del comunismo recorría Europa, en los años 20 y 30 fue el fascismo quien la recorrió, fulminando democracias parlamentarias en régimenes de corte fascista.

La desafección hacia la política, el surgimiento del ultranacionalismo como respuesta al Tratado de Versalles que no cumplía con las expectativas que pretendían los italianos tras la I Guerra Mundial, facilitaron el ascenso al poder de «la revolución fascista», una autentica bestia que intentó acabar con todas sus fuerzas con el creciente y potente movimiento obrero italiano, sobre el que media Europa se miraba al espejo.

Hace hoy 90 años, Italia perdía su soberanía nacional para someterse a los designios de un tirano, de un mentecato ultranacionalista que dirigió Italia con mano de hierro desde 1922 hasta 1943.

También hace ahora casi un año, otro sátrapa con aspiraciones a tirano como Silvio Berlusconi abandonaba el gobierno de Italia para dejar paso a un presidente no elegido por los italianos. Berlusconi, con todos sus defectos, gobernó Italia durante más de dos décadas a golpe de urna (y de talón), pero una marcha inquebrantable sobre Roma, a ritmo del paso de la oca que marca la comisión de la Unión Europea, el FMI y el BCE, derribó el gobierno democrático para poner a otro duce que nadie había votado. La Troika, unos camisas negras modernos, mantienen el poder en Italia, lo han extendido a Portugal, a Grecia y, previsiblemente, pronto llegarán a España.

El próximo 14 de noviembre tenemos la posibilidad de ser, por una vez, nosotros quienes marchemos, quienes tomemos las calles. Desde Roma, Lisboa, Atenas o Madrid debemos salir a la calle y recuperar la soberanía popular. Seamos valientes, convirtámonos en partisanos contra las imposiciones de la Troika y en defensa de los servicios públicos. O ellos o nosotros.

En defensa de la huelga general (para empezar)

El próximo 14 de noviembre está convocada, por fin, una huelga general simultáneamente en Grecia, Portugal y el estado español. Digo por fin porque ante los recortes, la destrucción y degradación sistemática del estado del bienestar, con ofensivas día sí y día también contra los eslabones más débiles de nuestra sociedad, es de difícil comprensión que la movilización y la protesta, al menos desde el ámbito sindical, esté a la cola de las movilizaciones sociales o de lo que gran parte de la sociedad reclama.

De todos modos una huelga, con argumentos más que fundados, debe ser secundada y apoyada, pese a no contar, como algunos creemos que debería ser, con una planificación de movilización continuada e indefinida. Vale más tarde que nunca y no seré yo el pájaro de mal agüero que con la que nos está cayendo se ponga ahora quisquilloso con los sindicatos. Por desgracia la campaña antisindical ya está tan implantada que hace que muchas de las quejas nos las tengamos que callar quienes creemos en la importancia de la lucha sindical y del papel que históricamente jugó y debe jugar el sindicalismo.

No seré yo quien haga una hagiografía de las centrales sindicales, tampoco seré yo quien me escude en todos sus males (que no son pocos) para justificar mi desmovilización, ni tampoco enarbolaré banderas de ultraizquierdismo tras las que lanzar picas contra los sindicatos. Es precisamente el discurso y la critica furibunda al sindicalismo, algo tan implantado (y en muchos casos con razón), lo que hace que estemos como estamos.

A lo largo de las próximas semanas se sucederán los ataques a los sindicatos, a los sindicalistas y al derecho a la huelga. Probablemente el discurso más extendido será el de los sueldazos de los sindicalistas, de sus inmuebles y de sus comidas. Se les olvidará decir que sindicalistas son también quienes hacen labor sindical en su puesto de trabajo o que también lo son Cándido Carnero de la CSI o Sánchez Gordillo del SAT, a quienes no se les puede precisamente acusar de vivir del sindicato.

No se trataba del bienestar del trabajador, sino del sostenimiento de un andamiaje que gravitaba sobre las espaldas de la clase obrera. La lucha de clases no era un medio, sino un fin o con finalidad en si misma, a saber: la de mantener en el candelero a unos cuantos resentidos o vividores, de temperamento y gustos burgueses, aunque continuamente renegasen de la burguesía. (La Nueva España, 4 de febrero de 1937)

Se intentará buscar la división en los puestos de trabajo, se dirá que los delegados y los comités de empresa son unos vividores, que los auténticos currantes van a trabajar porque no están para perder un día de sueldo como esos que no piensan en los trabajadores, solo en ellos mismos y sus intereses.

Enchufados estos dirigentes en sus cargos de oficina, se hacían bien presto a la vida burguesa, marxista por excelencia, y en su interior despreciaban profundamente a los trabajadores, cuyas reivindicaciones aparentemente propugnaban. La masa obrera era para ellos simple escabel en orden a escalar puestos: escabel al cual se le da después el más gentil punterazo, como a cosa que no sirve sino de estorbo. El obrerismo de que blasonaban era mero andamiaje para alzar el edificio de sus ambiciones archiburguesas; su vida toda, ficción y parasitismo. (La Nueva España, 9 enero de 1937)

Y no olvidemos tampoco que la principal queja será de la falta de patriotismo, la deslealtad, el optar por el camino que ellos consideran fácil de la huelga, en lugar de arrimar el hombro para salir juntos de la crisis e incluso se nos acusará de hacerle el juego al soberanismo.

Pero ha llegado el momento no de elegir, sino de obedecer. La salud de la Patria así lo exige. Obedezcan, pues, los obreros honrados que quieran contribuir de buena fe a edificar la Nueva España, la España una, grande, y libre que todos los buenos españoles anhelamos. (La Nueva España, 15 de enero 1937)

Nota: evidentemente recojo extractos de 1937, pero os apuesto algo a que en semanas venideras, lo dicho en esos extractos se podrá leer en la prensa de 2012.

El gallego que quería ser como Nixon

El 3 de noviembre de 1969, Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica por aquel entonces, pronunció uno de los más célebres discursos de la retórica política y que pasaría a conocerse como «La gran mayoría silenciosa». En dicho discurso pretendía explicar sus planes para acabar con la guerra de Vietnam y buscaba el apoyo de lo que él definía como la «mayoría silenciosa», que no era otra cosa que los norteamericanos que, según su lógica, conformaban una mayoría al no formar parte de los multitudinarios eventos y protestas que se extendían por todo el país en contra de una guerra en la que nadie creía. Decía Nixon:

«Por lo tanto, a vosotros, a la gran mayoría silenciosa de mis conciudadanos, pido vuestro apoyo. Juré en mi campaña presidencial acabar con esta guerra, de manera que pudiese ganar la paz. He iniciado un plan de acción el cual me permitirá mantener ese juramento. Cuanto mayor apoyo pueda tener de los ciudadanos Americanos, más pronto este juramento podrá ser cumplido. Cuanto más divididos estemos en casa, menos probable es que el enemigo negocie en París.»

Si la sociedad se revuelve, si la hostilidad crece, lo mejor sin duda es aferrarse a decir que sólo unos pocos se oponen a tus ideas. Cuando esos pocos son miles, cientos de miles o millones, siempre quedará el juego de decir que muchos más millones están en sus casas. Es un juego de trileros políticos al que estamos muy acostumbrados y que lo ha contaminado todo. Cuando una huelga paraliza el 80% de un país y mueve manifestaciones masivas, siempre será más sencillo decir que los que fueron a la huelga lo hicieron coaccionados y que los manifestantes son una minoría, pues una mayoría no está en dicha manifestación.

Este simplismo político, esta facilidad para hacer piruetas políticas, es digna de personajes cuya prepotencia les ciega. Y, como siempre que a este lado de los Pirineos hablamos de prepotencia y simplismo político, no podía faltar en esta narración nuestro querido presidente.

El bueno de Mariano se puso el mundo por montera hoy y ni corto ni perezoso, no tuvo rubor alguno en evidenciar su simplismo político delante del mundo entero en la ONU. Dicen que las cosas mejor hacerlas bien que no hacerlas, y ya de hacer el ridículo, que sea como Dios manda:

«Permítanme que haga aquí en Nueva York un reconocimiento a la mayoría de españoles que no se manifiestan, que no salen en las portadas de la prensa y que no abren los telediarios. No se les ven, pero están ahí, son la mayoría de los 47 millones de personas que viven en España. Esa inmensa mayoría está trabajando, el que puede, dando lo mejor de sí para lograr ese objetivo nacional que nos compete a todos, que es salir de esta crisis”

Nuestro Mariano quiso jugar a ser mayor, quiso que el mundo entero viese que él era un estadista de alto calibre, de esos que negocian en grandes cumbres el futuro de naciones enteras y que con sus discursos, respetables o no, pasan a la historia. Pero lo que Mariano consiguió no fue eso, sino aparecer como una quimera patética, como el transformista mal maquillado de un ajado cabaret.

Quiso nuestro presidente, en un burdo intento por emular a un más que probable ídolo de su juventud, jugar a ser Nixon, y no lo consiguió. Como decía Karl Marx en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte:

«Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez, como farsa

Nuestro Mariano es una farsa como farsa fue su programa electoral y como farsa es su promesa de querer salir de la crisis. Mariano es un pelele, un pinocho que quiere ser grande y que no duda en buscar un suicidio colectivo y en destripar un Estado entero para servirselo en bandeja a sus amigos los mercados. Esperemos que el clima de respuesta social se convierta pronto en su Vietnam, por nuestra supervivencia y por su ego.

Se apaga una voz

Aunque no lo parezca, en estos tiempos, las noticias que a uno le interesan no son tanto la prima de riesgo, la geopolítica de Oriente Medio o el nuevo caso de corrupción destapado a cientos de kilómetros de tu casa. Lo que a uno le interesa, lo que uno primero lee, es lo que ocurre al lado de su casa, en su municipio o dos municipios más allá.

Siempre defendí la necesidad, ahora que la tecnología lo permite, de que se impulsasen los medios digitales de proximidad porque los medios de comunicación tradicionales, por motivos obvios, no pueden dar espacio a todas las noticias. Cuando hace ya un tiempo apareció «La Voz del Bajo Nalón» me encantó, me puse muy contento de que alguien compartiese conmigo la necesidad de dotar de medios de información que, aunque modestos, nos acercasen las noticias de nuestro entorno de una manera directa y no solo que compartiese esa necesidad, sino que tuviese la valentía que otros, viendo esa carencia, no teníamos.

A lo largo de todo este tiempo pude leer y oír muchas críticas hacia ese medio digital (aunque siempre más los elogios), la mayoría de ellas a mi juicio injustas. Se le acusaba, sobre todo, de no poner con nombres y apellidos quién gestionaba la página y eso quizá es para mí el mayor valor, porque realmente es lo que la gente quería, una excusa, un nombre sobre el que cargar y acusar de partidismo o de amiguismo a unos u otros. El hombre es un lobo para el hombre.

Para mí siempre demostró respeto, compartiendo las noticias con su respectiva fuente y ayudándonos a estar más al tanto de nuestra comarca. Siempre hubo espacio para todos aquellos que quisieron participar y eso en los tiempos que corren no es cosa fácil. Desde las fiestas de toda la comarca, hasta los comunicados y opiniones de todo aquel partido político, asociación o colectivo que tenía algo que decir y quería compartirlo. En el caso de Izquierda Unida, donde milito, el trato que se nos dió siempre fue exquisito, haciéndose eco de todo lo que les hicimos llegar y consideraban que podía tener interés y haciéndose eco también de las réplicas que otros nos hacían. En ese sentido, no podemos sino agradecer el respeto mostrado y el buen trato recibido siempre.

Por desgracia, esta voz que era de todos, se apagará seguramente a finales de este mes, llevándose consigo ese pequeño espacio de internet que cada día nos recolectaba de manera desinteresada y con mimo todo lo que sucedía en nuestro entorno. Algunos se alegran, mejor relegar Pravia a un cuadrín esporádico en algún medio de índole autonómico a consentir un medio modesto donde todo el mundo tenía cabida.

¡IVA España!

Todo eran risas: que si el verano, que si unas cañas aquí, que si picamos algo en la terraza… pero al final llegó septiembre  y con él la subida del IVA y la caída de España un par de escalones más hacia el subdesarrollo.

Desde hoy, la práctica totalidad de los bienes de consumo se gravarán con un 21% de IVA, exceptuando, claro está, los bienes de lujo, no vaya a ser que entre el estrés de salvar bancos con dinero público y de desalojar a familias, el caviar les vaya a sentar mal a banqueros y politicastros de guante blanco a su merced. En una situación como la actual, con más de 5 millones de desempleados, con familias en la calle y con miles de hogares donde no se percibe ningún tipo de ingreso, lo normal y lógico para reactivar la economía es elevar los precios, parecéis tontos.

Todos nos tenemos que apretar el cinturón y ser solidarios, no somos conscientes de que incluso diputados del PP que perciben 5.000 euros de sueldo las pasan canutas para sobrevivir. A mí, en un alarde de patriotismo, me alegra que ahora pase de tener un 15% de retención del IRPF a un 21%, ¿para qué quiero el dinero si con ello puedo salvar España? Si tengo que dejar de pagar el alquiler y volver a casa con mis padres, pues se hace, que no se diga que no hacemos sacrificios por salir de la crisis.

Mi fervor patriotico llega a tales cotas que invito a los otros 909.999 ciudadanos del reino de España que hoy se quedan sin cobertura sanitaria a que se unan a mí, que defiendan España y no se dejen sucumbir. ¿Qué es eso de la sanidad universal? Eso es cosa de cubanos y comunistas, nosotros somos libres, demócratas, nosotros podemos comprarnos un Audi si queremos. Bueno, quizá no tengamos dinero para comprarlo, pero tenemos la libertad de comprarlo, que a fin de cuentas es lo que importa. Libertad de comprar es libertad, la igualdad es solo cosa de progres y perroflautas.

Todo son risas… hasta que te das cuenta de que ésta es la puta realidad que nos toca vivir, de que hay miles de personas que a diario rebuscan en los contenedores de nuestras calles para comer y de que más de un 20% de la población se encuentra ya bajo el umbral de la pobreza y en riesgo de exclusión social. Cuando ves que una panda de hijos de la gran puta que priman los intereses de unos pocos sobre los de la mayoría, que carecen de la más mínima empatía social y humanidad para eliminar de un plumazo algo tan básico como el derecho a una cobertura sanitaria universal o para elevar impuestos sobre bienes de consumo y de primera necesidad, te das cuenta de que quizá estamos aún más cerca del abismo de lo que pensábamos. Quizá llegue el momento de romper la baraja, de cambiar el miedo de bando y de la rebeldía inunde las calles. El patriotismo no es una bandera, ni una selección, ni una nación. El patriotismo es estar con los tuyos, con los que sufren, con los eslabones más débiles de la sociedad, es estar con la mayoría silenciosa que sufre por la avaricia y usura de unos pocos. Pero pobres de esos pocos el día que los que menos tienen, por no tener, ya no tengan ni miedo.

Al final los locos teníamos razón

Hace 7 años, en 2005, se aprobó por referendum la firma de la Constitución Europea. Un referéndum que fue secuestrado por el efecto ZP y se intentó hacer de él una especie de segunda vuelta que ratificara la victoria de Zapatero puesta en duda desde la derecha mediática con teorías conspiranoicas en torno a los atentados del 11m en Madrid.

Por aquel entonces yo manifesté siempre públicamente mi oposición al tratado e hice campaña activa por el NO. Un amigo de las Juventudes Socialistas se extrañaba y me preguntaba «¿pero de verdad tú te crees esas cosas de la Europa del capital y de la guerra que dicen los comunistas?». Esta pregunta, con un tono peyorativo hacia «los comunistas» que no eran más que todas las formaciones a la izquierda del PSOE fuesen comunistas o no, hacía referencia a un slogan que la izquierda utilizaba en la campaña para condensar que se rechazaba dicha constitución porque solamente beneficiaba los poderes financieros y una política exterior agresiva con el mundo. Mi amigo me trató de loco, de antieuropeo, poco faltó incluso para calificarnos a quienes defendíamos desde la izquierda el no, de ser iguales que la derecha ultranacionalista.

Siete años después de aquella conversación que me quedó marcada, vuelvo a pensar en aquella oportunidad perdida de que la izquierda hubiese conseguido tumbar un tratado constitucional que solo beneficiaba al capital y se hubiese podido presionar por una constitución social, por una Europa de los ciudadanos. Con las consecuencias de la gran estafa de la crisis, asolando países y arrebatando la soberanía nacional a los pueblos de Europa, solo me queda recordar que se les avisó pero, como siempre, se nos trató de locos hasta que el rodillo del capitalismo feroz arrasó media Europa con el amparo de una UE que viaja a diferentes velocidades y en la que los pueblos de Europa son lo que menos importa.

Algo similar ocurrió en diciembre de 2010 cuando el Consejo de Ministros encabezado por Zapatero aprobó las privatizaciones parciales de Loterías y Apuestas del Estado y de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea). En respuesta a dicha amenaza de privatización, los trabajadores de AENA se pusieron en huelga y paralizaron por completo los aeropuertos de España, dando solamente servicio a los vuelos de tipo médico. En aquella ocasión el ministro José Blanco decidió acabar con un conflicto que él mismo había generado militarizando el espacio aéreo. Por primera vez en la democracia se utilizaba al ejército para acabar con un conflicto laboral y en defensa de lo público. Por aquel entonces toda la prensa azuzaba contra los controladores, todo el mundo reclamaba como un derecho el poder irse de vacaciones a Punta Cana y nadie se planteaba, nadie pensaba siquiera, en que la protesta iba dirigida contra la privatización de los aeropuertos españoles, que se estaba defendiendo un patrimonio público que generaba riqueza y que el PSOE había decidido privatizar.

En aquel entonces también fue difícil explicarlo, también se nos trató a quienes desde la izquierda defendíamos la huelga de irresponsables, de  antipatriotas y de alarmistas. Se nos decía que con aquella privatización se mejoraría el servicio y no se perderían empleos. Hoy nos encontramos en la prensa que AENA ya se plantea reducir el 65% de su plantilla en 10 aeropuertos, unos 1000 de los 9000 de que dispone en total. Una vez más, se avisó, pero se nos trató de locos e irresponsables y hoy observamos cómo se desmantela poco a poco la estructura de aeropuertos públicos de España.

Unos meses después, en agosto de 2011, cuando el PSOE daba sus últimos coletazos en el Gobierno, se propició lo que muchos llamamos un golpe constitucional cuando el PSOE y el PP pactaron una reforma express de la Constitución que establecía por ley un límite del techo de déficit público en España. Muchos nos indignamos, muchos salimos a la calle y muchos alzamos la voz advirtiéndo de que dicha reforma abría las puertas de par en par a los recortes y las privatizaciones. Desde el PSOE se nos trató de locos, se nos atacó, se negó que se fuera a recortar nada y, lo que es peor, se trató de tonto a todo un país haciéndole creer que no tenía un fundamento ideológico, sino obligatorio.

Una vez más los locos, los utópicos, teníamos razón y hoy vemos cómo semana tras semana se destruye, se recorta, se ataca a lo público y se privatiza. Ahora, como entonces, muchos nos seguimos oponiendo a la destrucción sistemática de los servicios públicos, de los derechos y, en definitiva, de las personas. Evidentemente no todo el mundo puede decir lo mismo y quien privatizó, quien subió impuestos, quien recortó, no puede enarbolar ahora la defensa de lo público. Ante nosotros están los dos verdugos del estado del bienestar, el PSOE y el PP. Uno ideológicamente consciente y otro pragmáticamente obediente. Culpables los dos recorten o privaticen a velocidades diferentes. Tras dos reformas laborales del mismo color pero diferente tonalidad que se han demostrado inútiles y un atentado contra los trabajadores, queda claro que tras el golpe constitucional no queda espacio para el diálogo con quienes perpetúan el mismo sistema y buscan métodos de blindaje mutuos.

En nuestras manos está ser capaces de dar respuesta a esta crisis y proyectar un modelo alternativo no solo de salida a la misma, sino para la construcción misma de otro modelo social. Con el sistema en pleno colapso y una fractura social que pone en peligro la mera supervivencia de miles de personas es de vital urgencia la construcción de una alternativa sólida que señale con el dedo quiénes son los culpables y los cómplices de esta crisis, de no perdonar a los tontos útiles que se dejaron utilizar para imponer un modelo insostenible desde supuestas posiciones de izquierdas y de conseguir, como decía la última campaña de IU, que el miedo cambie de bando. En nuestra agenda debe estar, como primer punto, la confluencia de todos los conflictos sociales y la canalización de los mismos con el proposito de conquistar una nueva hegemonía que nos permita crear un nuevo modelo social.

La oposición a los recortes del Gobierno

En el pleno del Congreso de ayer tuvimos ocasión de asistir una vez más al rodillo del gobierno, al espectáculo de los indignos que aplauden cuando se aplasta a un pueblo y, tan patriotas ellos, se regocijan cuando éste pierde la soberanía nacional y la entrega a los intereses financieros.

En ese escenario, también tuvimos ocasión de ver la intervención de Cayo Lara, la única que podría considerarse realmente una oposición consecuente y desde la izquierda institucional a los desmanes de la derecha que nos gobierna. No es de extrañar que mes tras mes las encuestas sean cada vez más favorables hacia IU cuando a ojos de la gente es la única oposición frontal en las instituciones. Ahora falta, a mi juicio, conquistar las calles.

Una reforma electoral por la puerta de atrás

Hoy ha sido un día de golpes: golpes a los mineros y manifestantes en Madrid -incluídos niños-, golpes de la especulación y, sobre todo, el gran golpe a lo público anunciado por el Gobierno con el que se ataca, sobre todo, a los desempleados, funcionarios y pensionistas y se asemeja a las medidas de recorte dictadas en países intervenidos como Grecia o Portugal mediante las que se pretende dar un hachazo que recorte 65.000 millones de euros en dos años.

Pero hay una medida que quizá sea la que pase más desapercibida y no por ello es menos importante que es la que anuncia un recorte del 30% de los cargos políticos en los ayuntamientos. Esta medida es, simple y llanamente, demagogia y populismo que se aprovecha de una desazón generalizada de los ciudadanos hacia los políticos profesionales. Quizá el discurso transversal en ocasiones de colectivos como Democracia Real Ya o el 15M que no siempre han concretado del todo sus denuncias aunque casi siempre sean acertadas a mi juicio, ha provocado que exista entre la sociedad un descontento generalizado y sin ningún tipo de cribado hacia los políticos como ente abstracto. Se fomentó durante mucho tiempo que el problema de España era el excesivo número de políticos, un problema cuantitativo, cuando en realidad en problema no es la cantidad, sino la calidad y se intentó, en una suerte de mesianismo, hacer creer a quienes buscaban una respuesta fácil a la situación actual de nuestro sistema que la culpa era de los políticos, en general, sin matices ni más argumentaciones.

Evidentemente en España hay ayuntamientos que son un sumidero de dinero público, que malgastan, que confunden sus prioridades y, en algunos casos, que incurren en delitos con dinero público. La corrupción es una lacra profusamente diseminada entre los dos grandes partidos políticos que se turnan en el Poder y quizá por ello no se ha intentado nunca de manera eficiente perseguir y erradicar la corrupción, como tampoco se ha hecho nada por acabar con los privilegios de la Iglesia o por una efectiva lucha contra el fraude fiscal.

El problema, como decía antes, no está en la cantidad de políticos, sino en la calidad de los mismos y, sobre todo, en la conciencia de lo público que tengan. El Partido Popular se envuelve ahora en la bandera de la austeridad, del gasto eficiente de los dineros y de recortar y exigir sacrificios a los ciudadanos para salir de esta crisis que no es sino consecuencia del festín de unos pocos a los que encima se les rescata con el dinero de todos. Mientras nos exigen sacrificios, que nos repaguemos la sanidad, que hacinemos a nuestros estudiantes en clases saturadas, que ataquemos a los sindicatos por no arrimar el hombro en la destrucción del estado del bienestar, mientras todo eso ocurre, ellos, los austeros, gastan los dineros que no tenemos en promocionar la tauromaquia, en Fórmula 1 o en desviar tales cantidades de millones de euros para salvarles el culo a los causantes de esta catástrofe en la que nos encontramos que ni sabría siquiera cuantificarlo en pesetas.

Pues parece que ahora se dan las circunstancias perfectas, un cierto malestar de unos que quieren soluciones fáciles y un gobierno que busca saturar con recortes para que solo nos quedemos con la superficie desemboca en esto, en que de repente la solución para recortar el gasto es eliminar un 30% de concejales en España. Es curiosa esta medida cuando hay que tener en cuenta que en la inmensa mayoría de los ayuntamientos pequeños y medianos los concejales no cobran ni reciben ningún tipo de remuneración por su labor. También hay que tener en cuenta que en los casos en los que se cobra el problema no es por el número de concejales, sino por el partido que gobierna.

En mi caso, en el Ayuntamiento de Pravia, hay dos personas que perciben un sueldo por ejercer sus labores políticas: el alcalde y un concejal con una liberación completa. Personalmente opino que sus remuneraciones son excesivas, incluso diría que son obscenas para los tiempos que corren y, en el caso del concejal liberado, dudo de la necesidad de una dedicación exclusiva. Es mi opinión, evidentemente en el partido que gobierna creerán que los 4000 y pico euros mensuales que salen del Ayuntamiento para esos dos sueldos son más que justificadas, es su opinión y yo la respeto aunque no la comparta porque, como dije anteriormente, el problema de los ayuntamientos con los concejales no es un problema cuantitativo sino cualitativo y que depende de la ética de lo público que tengan los partidos gobernantes y no del número de concejales que componen el pleno.

Lo que sí está claro es que una reducción del número de actas reduce considerablemente la democracia porque facilita las mayorías absolutas del partido hegemónico, dificulta la representatividad de las diferentes opciones que le disputen el poder y ataca la posibilidad de entrada de formaciones diferentes al elevarse el ratio. Y esto no lo digo solamente por ser militante de una organización que por un puñado de votos está fuera del Ayuntamiento, lo digo por una mera cuestión de higiene democrática y porque la política de un municipio debe ser la representación de su composición social e ideológica y en la pluralidad y diversidad está la calidad democrática de un pueblo.

Para más datos sobre este asunto, hay un excelente análisis en el siempre recomendable blog «Fueya en blanco».