La Troika lleva camisa negra

Un 24 de octubre de 1922, Benito Mussolini decía en Nápoles: «Os digo con toda solemnidad: o se nos entrega el Gobierno o lo tomaremos marchando sobre Roma». Los 40.000 camisas negras que allí lo escuchaban gritaban en respuesta: «¡A Roma, a Roma!».

Este hecho simbólico desembocó en el ascenso al poder del fascismo en Italia y la antesala de régimenes como el de Hitler o Franco. Si Marx anunciaba en el Manifiesto Comunista que el fantasma del comunismo recorría Europa, en los años 20 y 30 fue el fascismo quien la recorrió, fulminando democracias parlamentarias en régimenes de corte fascista.

La desafección hacia la política, el surgimiento del ultranacionalismo como respuesta al Tratado de Versalles que no cumplía con las expectativas que pretendían los italianos tras la I Guerra Mundial, facilitaron el ascenso al poder de “la revolución fascista”, una autentica bestia que intentó acabar con todas sus fuerzas con el creciente y potente movimiento obrero italiano, sobre el que media Europa se miraba al espejo.

Hace hoy 90 años, Italia perdía su soberanía nacional para someterse a los designios de un tirano, de un mentecato ultranacionalista que dirigió Italia con mano de hierro desde 1922 hasta 1943.

También hace ahora casi un año, otro sátrapa con aspiraciones a tirano como Silvio Berlusconi abandonaba el gobierno de Italia para dejar paso a un presidente no elegido por los italianos. Berlusconi, con todos sus defectos, gobernó Italia durante más de dos décadas a golpe de urna (y de talón), pero una marcha inquebrantable sobre Roma, a ritmo del paso de la oca que marca la comisión de la Unión Europea, el FMI y el BCE, derribó el gobierno democrático para poner a otro duce que nadie había votado. La Troika, unos camisas negras modernos, mantienen el poder en Italia, lo han extendido a Portugal, a Grecia y, previsiblemente, pronto llegarán a España.

El próximo 14 de noviembre tenemos la posibilidad de ser, por una vez, nosotros quienes marchemos, quienes tomemos las calles. Desde Roma, Lisboa, Atenas o Madrid debemos salir a la calle y recuperar la soberanía popular. Seamos valientes, convirtámonos en partisanos contra las imposiciones de la Troika y en defensa de los servicios públicos. O ellos o nosotros.

En defensa de la huelga general (para empezar)

El próximo 14 de noviembre está convocada, por fin, una huelga general simultáneamente en Grecia, Portugal y el estado español. Digo por fin porque ante los recortes, la destrucción y degradación sistemática del estado del bienestar, con ofensivas día sí y día también contra los eslabones más débiles de nuestra sociedad, es de difícil comprensión que la movilización y la protesta, al menos desde el ámbito sindical, esté a la cola de las movilizaciones sociales o de lo que gran parte de la sociedad reclama.

De todos modos una huelga, con argumentos más que fundados, debe ser secundada y apoyada, pese a no contar, como algunos creemos que debería ser, con una planificación de movilización continuada e indefinida. Vale más tarde que nunca y no seré yo el pájaro de mal agüero que con la que nos está cayendo se ponga ahora quisquilloso con los sindicatos. Por desgracia la campaña antisindical ya está tan implantada que hace que muchas de las quejas nos las tengamos que callar quienes creemos en la importancia de la lucha sindical y del papel que históricamente jugó y debe jugar el sindicalismo.

No seré yo quien haga una hagiografía de las centrales sindicales, tampoco seré yo quien me escude en todos sus males (que no son pocos) para justificar mi desmovilización, ni tampoco enarbolaré banderas de ultraizquierdismo tras las que lanzar picas contra los sindicatos. Es precisamente el discurso y la critica furibunda al sindicalismo, algo tan implantado (y en muchos casos con razón), lo que hace que estemos como estamos.

A lo largo de las próximas semanas se sucederán los ataques a los sindicatos, a los sindicalistas y al derecho a la huelga. Probablemente el discurso más extendido será el de los sueldazos de los sindicalistas, de sus inmuebles y de sus comidas. Se les olvidará decir que sindicalistas son también quienes hacen labor sindical en su puesto de trabajo o que también lo son Cándido Carnero de la CSI o Sánchez Gordillo del SAT, a quienes no se les puede precisamente acusar de vivir del sindicato.

No se trataba del bienestar del trabajador, sino del sostenimiento de un andamiaje que gravitaba sobre las espaldas de la clase obrera. La lucha de clases no era un medio, sino un fin o con finalidad en si misma, a saber: la de mantener en el candelero a unos cuantos resentidos o vividores, de temperamento y gustos burgueses, aunque continuamente renegasen de la burguesía. (La Nueva España, 4 de febrero de 1937)

Se intentará buscar la división en los puestos de trabajo, se dirá que los delegados y los comités de empresa son unos vividores, que los auténticos currantes van a trabajar porque no están para perder un día de sueldo como esos que no piensan en los trabajadores, solo en ellos mismos y sus intereses.

Enchufados estos dirigentes en sus cargos de oficina, se hacían bien presto a la vida burguesa, marxista por excelencia, y en su interior despreciaban profundamente a los trabajadores, cuyas reivindicaciones aparentemente propugnaban. La masa obrera era para ellos simple escabel en orden a escalar puestos: escabel al cual se le da después el más gentil punterazo, como a cosa que no sirve sino de estorbo. El obrerismo de que blasonaban era mero andamiaje para alzar el edificio de sus ambiciones archiburguesas; su vida toda, ficción y parasitismo. (La Nueva España, 9 enero de 1937)

Y no olvidemos tampoco que la principal queja será de la falta de patriotismo, la deslealtad, el optar por el camino que ellos consideran fácil de la huelga, en lugar de arrimar el hombro para salir juntos de la crisis e incluso se nos acusará de hacerle el juego al soberanismo.

Pero ha llegado el momento no de elegir, sino de obedecer. La salud de la Patria así lo exige. Obedezcan, pues, los obreros honrados que quieran contribuir de buena fe a edificar la Nueva España, la España una, grande, y libre que todos los buenos españoles anhelamos. (La Nueva España, 15 de enero 1937)

Nota: evidentemente recojo extractos de 1937, pero os apuesto algo a que en semanas venideras, lo dicho en esos extractos se podrá leer en la prensa de 2012.

Muere un socialista, Luis Gómez Llorente

Estaba ultimando una actualización del blog esta mañana cuado me sorprendió el fallecimiento de Gómez Llorente y, evidentemente, no dudé en postergar el ya de por sí varios días postergado texto anterior para reservar mi actualización de hoy a la muerte de uno de los principales referentes del socialismo español de la última mitad de siglo.

Podría recordar la figura de Gómez Llorente como el firme defensor que fue de la enseñanza pública y laica, pero ése, un valor que debe suponersele a un socialista, no debe centrar el resumen de su vida pocas horas tras su muerte. La figura de Llorente es sinónimo de socialista convencido y convincente, que unido eternamente a su pipa reencarna los valores clásicos del socialismo pablista y en quien todos aquellos que somos socialistas encontrábamos un referente.

En mi casa, con varias generaciones de socialistas a la espalda, siempre fue recurrente la referencia a Gómez Llorente, entre otros muchos, como esos ejemplos de socialistas sinceros que el aparato de turno fue usando y tirando, desprendiéndose por el camino de algunos de los mejores miembros que componían su capital humano durante décadas.

Con la muerte de Luis Gómez Llorente muere gran parte de ese socialismo digno, que cuando en el XXVIII Congreso del PSOE, un Felipe González que ya había abandonado a Isidoro en el camino y acataba las órdenes de la Internacional Socialista y la socialdemocracia alemana para desarmar ideológicamente el partido obrero por excelencia de la historia de España, supo plantar cara y defender con la razón y el corazón el legado por el que muchos habían dado su juventud y su vida. La pugna de si marxismo sí o marxismo no, no fue una guerra meramente formal de nomenclatura, fue una pugna entre la dignidad del socialismo clásico y el oportunismo de los arribistas que priorizaron el marketing a las ideas. Felipe González consiguió eliminar el marxismo de la definición del PSOE y muchos gritaron “¡Felipe, Felipe!”, extasiados por el retorno del líder mesiánico que volvía ufano al ver su órdago cumplirse a la perfección. Sin embargo algunos, como hicieron toda su vida, preferían gritar “¡PSOE, PSOE!”, desde su dignidad a un ideal tan noble como prostituido desde entonces.

Con Gómez Llorente, quienes nos sentimos socialistas por tradición y convicción estamos un poco más huérfanos. Muchos somos quienes tuvimos que buscar refugio en otras formaciones políticas más respetuosas con el ideal del socialismo democrático. Otros muchos más, como decía Hildegart al abandonar el PSOE en 1932, son esos marxistas sin partido, hartos ya de quienes traicionaron al socialismo para imponer “el socialenchufismo”.

Hoy, un hijo predilecto de aquellos que traicionaron no solo a Gómez Llorente, sino al propio ADN del PSOE le elogia, sin rubor. Quizá si las tesis de gente como Gómez Llorente o Francisco Bustelo hubiesen triunfado, el devenir del PSOE en la Historia reciente y de la Transición, podrían haber sido muy diferentes.

Dejo unas palabras de Luis Gómez Llorente publicadas en El País el 10 de julio de 1981 bajo el título de “Los socialistas ante su 29º Congreso”:

“Tomen ustedes los discursos de Prieto, de Largo, aun de Besteiro, o los escritos de Pablo Iglesias, vean lo que decían sobre el régimen económico capitalista, sobre el nacionalismo vasco o catalán, sobre el problema militar, sobre la Iglesia española, sobre el orden internacional, fíjense incluso en los programas electorales que planteaban, y compárenlos con las piezas oratorias o con los escritos de Felipe González, sea en el lenguaje -cosa bien significativa-, sea en el fondo de sus actitudes con respecto al sistema económico y social existente. Resulta obvio que algo habría que cambiar, puesto que la realidad actual es en parte diferente, pero se ha cambiado tanto en las posiciones que, naturalmente, no todos los socialistas han de pensar que tenían que modificarse en la misma forma”.

 

¡Que la tierra te sea leve compañero!

El gallego que quería ser como Nixon

El 3 de noviembre de 1969, Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica por aquel entonces, pronunció uno de los más célebres discursos de la retórica política y que pasaría a conocerse como “La gran mayoría silenciosa”. En dicho discurso pretendía explicar sus planes para acabar con la guerra de Vietnam y buscaba el apoyo de lo que él definía como la “mayoría silenciosa”, que no era otra cosa que los norteamericanos que, según su lógica, conformaban una mayoría al no formar parte de los multitudinarios eventos y protestas que se extendían por todo el país en contra de una guerra en la que nadie creía. Decía Nixon:

“Por lo tanto, a vosotros, a la gran mayoría silenciosa de mis conciudadanos, pido vuestro apoyo. Juré en mi campaña presidencial acabar con esta guerra, de manera que pudiese ganar la paz. He iniciado un plan de acción el cual me permitirá mantener ese juramento. Cuanto mayor apoyo pueda tener de los ciudadanos Americanos, más pronto este juramento podrá ser cumplido. Cuanto más divididos estemos en casa, menos probable es que el enemigo negocie en París.”

Si la sociedad se revuelve, si la hostilidad crece, lo mejor sin duda es aferrarse a decir que sólo unos pocos se oponen a tus ideas. Cuando esos pocos son miles, cientos de miles o millones, siempre quedará el juego de decir que muchos más millones están en sus casas. Es un juego de trileros políticos al que estamos muy acostumbrados y que lo ha contaminado todo. Cuando una huelga paraliza el 80% de un país y mueve manifestaciones masivas, siempre será más sencillo decir que los que fueron a la huelga lo hicieron coaccionados y que los manifestantes son una minoría, pues una mayoría no está en dicha manifestación.

Este simplismo político, esta facilidad para hacer piruetas políticas, es digna de personajes cuya prepotencia les ciega. Y, como siempre que a este lado de los Pirineos hablamos de prepotencia y simplismo político, no podía faltar en esta narración nuestro querido presidente.

El bueno de Mariano se puso el mundo por montera hoy y ni corto ni perezoso, no tuvo rubor alguno en evidenciar su simplismo político delante del mundo entero en la ONU. Dicen que las cosas mejor hacerlas bien que no hacerlas, y ya de hacer el ridículo, que sea como Dios manda:

“Permítanme que haga aquí en Nueva York un reconocimiento a la mayoría de españoles que no se manifiestan, que no salen en las portadas de la prensa y que no abren los telediarios. No se les ven, pero están ahí, son la mayoría de los 47 millones de personas que viven en España. Esa inmensa mayoría está trabajando, el que puede, dando lo mejor de sí para lograr ese objetivo nacional que nos compete a todos, que es salir de esta crisis”

Nuestro Mariano quiso jugar a ser mayor, quiso que el mundo entero viese que él era un estadista de alto calibre, de esos que negocian en grandes cumbres el futuro de naciones enteras y que con sus discursos, respetables o no, pasan a la historia. Pero lo que Mariano consiguió no fue eso, sino aparecer como una quimera patética, como el transformista mal maquillado de un ajado cabaret.

Quiso nuestro presidente, en un burdo intento por emular a un más que probable ídolo de su juventud, jugar a ser Nixon, y no lo consiguió. Como decía Karl Marx en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte:

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez, como farsa.”

Nuestro Mariano es una farsa como farsa fue su programa electoral y como farsa es su promesa de querer salir de la crisis. Mariano es un pelele, un pinocho que quiere ser grande y que no duda en buscar un suicidio colectivo y en destripar un Estado entero para servirselo en bandeja a sus amigos los mercados. Esperemos que el clima de respuesta social se convierta pronto en su Vietnam, por nuestra supervivencia y por su ego.

¡IVA España!

Todo eran risas: que si el verano, que si unas cañas aquí, que si picamos algo en la terraza… pero al final llegó septiembre  y con él la subida del IVA y la caída de España un par de escalones más hacia el subdesarrollo.

Desde hoy, la práctica totalidad de los bienes de consumo se gravarán con un 21% de IVA, exceptuando, claro está, los bienes de lujo, no vaya a ser que entre el estrés de salvar bancos con dinero público y de desalojar a familias, el caviar les vaya a sentar mal a banqueros y politicastros de guante blanco a su merced. En una situación como la actual, con más de 5 millones de desempleados, con familias en la calle y con miles de hogares donde no se percibe ningún tipo de ingreso, lo normal y lógico para reactivar la economía es elevar los precios, parecéis tontos.

Todos nos tenemos que apretar el cinturón y ser solidarios, no somos conscientes de que incluso diputados del PP que perciben 5.000 euros de sueldo las pasan canutas para sobrevivir. A mí, en un alarde de patriotismo, me alegra que ahora pase de tener un 15% de retención del IRPF a un 21%, ¿para qué quiero el dinero si con ello puedo salvar España? Si tengo que dejar de pagar el alquiler y volver a casa con mis padres, pues se hace, que no se diga que no hacemos sacrificios por salir de la crisis.

Mi fervor patriotico llega a tales cotas que invito a los otros 909.999 ciudadanos del reino de España que hoy se quedan sin cobertura sanitaria a que se unan a mí, que defiendan España y no se dejen sucumbir. ¿Qué es eso de la sanidad universal? Eso es cosa de cubanos y comunistas, nosotros somos libres, demócratas, nosotros podemos comprarnos un Audi si queremos. Bueno, quizá no tengamos dinero para comprarlo, pero tenemos la libertad de comprarlo, que a fin de cuentas es lo que importa. Libertad de comprar es libertad, la igualdad es solo cosa de progres y perroflautas.

Todo son risas… hasta que te das cuenta de que ésta es la puta realidad que nos toca vivir, de que hay miles de personas que a diario rebuscan en los contenedores de nuestras calles para comer y de que más de un 20% de la población se encuentra ya bajo el umbral de la pobreza y en riesgo de exclusión social. Cuando ves que una panda de hijos de la gran puta que priman los intereses de unos pocos sobre los de la mayoría, que carecen de la más mínima empatía social y humanidad para eliminar de un plumazo algo tan básico como el derecho a una cobertura sanitaria universal o para elevar impuestos sobre bienes de consumo y de primera necesidad, te das cuenta de que quizá estamos aún más cerca del abismo de lo que pensábamos. Quizá llegue el momento de romper la baraja, de cambiar el miedo de bando y de la rebeldía inunde las calles. El patriotismo no es una bandera, ni una selección, ni una nación. El patriotismo es estar con los tuyos, con los que sufren, con los eslabones más débiles de la sociedad, es estar con la mayoría silenciosa que sufre por la avaricia y usura de unos pocos. Pero pobres de esos pocos el día que los que menos tienen, por no tener, ya no tengan ni miedo.

Sé lo que hicisteis el último verano

 Este domingo, 2 de septiembre, se cumple un año de la reforma de la Constitución que aprobaron en el Congreso PSOE y PP, que implicó “cambiar de raíz el actual modelo económico sólo para favorecer aún más los intereses del capital financiero.” Con la reforma se limita el deficit público y se da prioridad absoluta al pago de la deuda, impidiendo así que el Estado pueda endeudarse para financiar los servicios públicos, las políticas sociales o crear empleo público.

Hace un año, Izquierda Unida llevó a cabo una campaña para exigir un referéndum sobre la reforma, y anunció, como se ha cumplido, que tras la misma “la receta para el futuro se basa en el recorte y el deterioro de los servicios sociales, la liquidación de lo público y el ataque a las condiciones salariales y laborales de los empleados públicos y el conjunto de trabajadores y trabajadoras”. Como estamos viendo, con la reforma, se prioriza el rescate a la banca, mientras empeoran cada vez las condiciones de vida de las personas.

La Troika y el desmantelamiento de las entidades locales

En estos tiempos, ninguna decisión política es casual, ni nada es tan inevitable como se pretende. Llevamos cuatro años de cosas “inevitables”, de sacrificios constantes sobre la mayoría, de recortes y de una paulatina destrucción y degradación de los servicios públicos y de las relaciones capital-trabajo. El desmantelamiento del Estado del Bienestar y la puesta en práctica de todo el corpus dogmático del neoliberalismo y la escuela de Chicago, están aprovechando la coyuntura de una crisis sistémica global para crear laboratorios donde poner en práctica sus teorías.

Ante este panorama no es raro pensar que tras las cuestiones meramente económicas y la mercantilización sistemática de todo lo susceptible de ser transformado en negocio de unos pocos (aunque conlleve negar su acceso a la mayoría), el siguiente paso será prolongar una degradación democrática que bajo la excusa de la austeridad y los eufemismos de los ajustes, mermen la soberanía de los pueblos y el sistema democrático actual.

En el estado español hemos sido testigos de estos ataques sistemáticos a la soberanía que han venido supuestamente inducidos por la Troika (BCE, FMI y Comisión Europea), asumidos con pragmatismo papanatas por unos y con entusiasmo neoliberal por otros. Los unos, siempre sumisos a los poderes financieros y los otros muy contentos de poder poner en práctica sus teorías económicas ocultas y bien estudiadas por sus think tanks.

Hace un año se aprobó una reforma constitucional express, pactada por los dos grandes partidos que apuntalan el bipartidismo, por la que se elevaba la contención de déficit al grado de ley y abría las puertas de par en par a la intervención de los poderes económicos sobre el poder político (sí, aún podían intervenir más si cabe). Recortes de unos, recortes de otros, fueron fraguando una situación de ofensiva multidimensional en todos los flancos de la sociedad que desbordó la propia contestación social. Llegaba la hora de amordazar las instituciones.

En Portugal, donde la troika también cabalga a sus anchas y donde también los dos grandes partidos que apuntalan su sistema colaboran fervientemente con ella, van mostrandonos el camino de la política oculta de nuestro gobierno. Punto por punto en España se van tomando las mismas medidas que meses antes fueron tomadas en el país vecino y hermano, entre ellas, la oleada de antimunicipalismo.

El gobierno portugués puso hace meses sobre la mesa una ley que pretende eliminar las freguesias, el equivalente luso a nuestras parroquias rurales y concejos, que dió lugar a un movimiento cívico en defensa de las mismas agrupado en la Plataforma Nacional contra a extinção de freguesias. Los argumentos esgrimidos por el gobierno portugués fueron exactamente los mismos que los empleados por el de Mariano Rajoy: que las entidades locales son ineficientes, que se pretende ahorrar costes, que se busca reorganizar para dar mejor servicio.

Lo que es evidente es que nada es casual y que estas medidas tienen una intencionalidad política clara, una revancha de antimunicipalismo que apuntale las mayorías de los partidos turnistas, dificultando la entrada en las corporaciones locales de listas minoritarias o de corte alternativo. Bajo la excusa de un ahorro en sueldos a concejales (cuando más del 90% de los concejales no cobran), se pretende dejar fuera a cualquier opción política que no esté controlada por cúpulas estatales afines a los intereses finacieros de la Troika.

La eliminación de nuestras parroquias rurales, las entidades de gestión más cercanas a los ciudadanos, que producen superávit año a año y que son el eslabón fundamental de miles de ciudadanos con la política, es un intento de fiscalizar el entorno rural, de acaparar sus recursos y provocará mayor abandono al hacerlos depender de núcleos mayores. La eliminación de concejales restará pluralidad y restará eficiencia en los ayuntamientos.

Quizá, la solución, debería pasar por la búsqueda de una confluencia en las luchas de los pueblos que hoy por hoy en Europa se ven amenazados por el rodillo neoliberal. Los ataques de los mercados y poderes financieros no entienden de banderas y tienen un plan marcado muy estudiado. De nosotros depende confluir o rendirnos.

Al final los locos teníamos razón

Hace 7 años, en 2005, se aprobó por referendum la firma de la Constitución Europea. Un referéndum que fue secuestrado por el efecto ZP y se intentó hacer de él una especie de segunda vuelta que ratificara la victoria de Zapatero puesta en duda desde la derecha mediática con teorías conspiranoicas en torno a los atentados del 11m en Madrid.

Por aquel entonces yo manifesté siempre públicamente mi oposición al tratado e hice campaña activa por el NO. Un amigo de las Juventudes Socialistas se extrañaba y me preguntaba “¿pero de verdad tú te crees esas cosas de la Europa del capital y de la guerra que dicen los comunistas?”. Esta pregunta, con un tono peyorativo hacia “los comunistas” que no eran más que todas las formaciones a la izquierda del PSOE fuesen comunistas o no, hacía referencia a un slogan que la izquierda utilizaba en la campaña para condensar que se rechazaba dicha constitución porque solamente beneficiaba los poderes financieros y una política exterior agresiva con el mundo. Mi amigo me trató de loco, de antieuropeo, poco faltó incluso para calificarnos a quienes defendíamos desde la izquierda el no, de ser iguales que la derecha ultranacionalista.

Siete años después de aquella conversación que me quedó marcada, vuelvo a pensar en aquella oportunidad perdida de que la izquierda hubiese conseguido tumbar un tratado constitucional que solo beneficiaba al capital y se hubiese podido presionar por una constitución social, por una Europa de los ciudadanos. Con las consecuencias de la gran estafa de la crisis, asolando países y arrebatando la soberanía nacional a los pueblos de Europa, solo me queda recordar que se les avisó pero, como siempre, se nos trató de locos hasta que el rodillo del capitalismo feroz arrasó media Europa con el amparo de una UE que viaja a diferentes velocidades y en la que los pueblos de Europa son lo que menos importa.

Algo similar ocurrió en diciembre de 2010 cuando el Consejo de Ministros encabezado por Zapatero aprobó las privatizaciones parciales de Loterías y Apuestas del Estado y de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea). En respuesta a dicha amenaza de privatización, los trabajadores de AENA se pusieron en huelga y paralizaron por completo los aeropuertos de España, dando solamente servicio a los vuelos de tipo médico. En aquella ocasión el ministro José Blanco decidió acabar con un conflicto que él mismo había generado militarizando el espacio aéreo. Por primera vez en la democracia se utilizaba al ejército para acabar con un conflicto laboral y en defensa de lo público. Por aquel entonces toda la prensa azuzaba contra los controladores, todo el mundo reclamaba como un derecho el poder irse de vacaciones a Punta Cana y nadie se planteaba, nadie pensaba siquiera, en que la protesta iba dirigida contra la privatización de los aeropuertos españoles, que se estaba defendiendo un patrimonio público que generaba riqueza y que el PSOE había decidido privatizar.

En aquel entonces también fue difícil explicarlo, también se nos trató a quienes desde la izquierda defendíamos la huelga de irresponsables, de  antipatriotas y de alarmistas. Se nos decía que con aquella privatización se mejoraría el servicio y no se perderían empleos. Hoy nos encontramos en la prensa que AENA ya se plantea reducir el 65% de su plantilla en 10 aeropuertos, unos 1000 de los 9000 de que dispone en total. Una vez más, se avisó, pero se nos trató de locos e irresponsables y hoy observamos cómo se desmantela poco a poco la estructura de aeropuertos públicos de España.

Unos meses después, en agosto de 2011, cuando el PSOE daba sus últimos coletazos en el Gobierno, se propició lo que muchos llamamos un golpe constitucional cuando el PSOE y el PP pactaron una reforma express de la Constitución que establecía por ley un límite del techo de déficit público en España. Muchos nos indignamos, muchos salimos a la calle y muchos alzamos la voz advirtiéndo de que dicha reforma abría las puertas de par en par a los recortes y las privatizaciones. Desde el PSOE se nos trató de locos, se nos atacó, se negó que se fuera a recortar nada y, lo que es peor, se trató de tonto a todo un país haciéndole creer que no tenía un fundamento ideológico, sino obligatorio.

Una vez más los locos, los utópicos, teníamos razón y hoy vemos cómo semana tras semana se destruye, se recorta, se ataca a lo público y se privatiza. Ahora, como entonces, muchos nos seguimos oponiendo a la destrucción sistemática de los servicios públicos, de los derechos y, en definitiva, de las personas. Evidentemente no todo el mundo puede decir lo mismo y quien privatizó, quien subió impuestos, quien recortó, no puede enarbolar ahora la defensa de lo público. Ante nosotros están los dos verdugos del estado del bienestar, el PSOE y el PP. Uno ideológicamente consciente y otro pragmáticamente obediente. Culpables los dos recorten o privaticen a velocidades diferentes. Tras dos reformas laborales del mismo color pero diferente tonalidad que se han demostrado inútiles y un atentado contra los trabajadores, queda claro que tras el golpe constitucional no queda espacio para el diálogo con quienes perpetúan el mismo sistema y buscan métodos de blindaje mutuos.

En nuestras manos está ser capaces de dar respuesta a esta crisis y proyectar un modelo alternativo no solo de salida a la misma, sino para la construcción misma de otro modelo social. Con el sistema en pleno colapso y una fractura social que pone en peligro la mera supervivencia de miles de personas es de vital urgencia la construcción de una alternativa sólida que señale con el dedo quiénes son los culpables y los cómplices de esta crisis, de no perdonar a los tontos útiles que se dejaron utilizar para imponer un modelo insostenible desde supuestas posiciones de izquierdas y de conseguir, como decía la última campaña de IU, que el miedo cambie de bando. En nuestra agenda debe estar, como primer punto, la confluencia de todos los conflictos sociales y la canalización de los mismos con el proposito de conquistar una nueva hegemonía que nos permita crear un nuevo modelo social.

La oposición a los recortes del Gobierno

En el pleno del Congreso de ayer tuvimos ocasión de asistir una vez más al rodillo del gobierno, al espectáculo de los indignos que aplauden cuando se aplasta a un pueblo y, tan patriotas ellos, se regocijan cuando éste pierde la soberanía nacional y la entrega a los intereses financieros.

En ese escenario, también tuvimos ocasión de ver la intervención de Cayo Lara, la única que podría considerarse realmente una oposición consecuente y desde la izquierda institucional a los desmanes de la derecha que nos gobierna. No es de extrañar que mes tras mes las encuestas sean cada vez más favorables hacia IU cuando a ojos de la gente es la única oposición frontal en las instituciones. Ahora falta, a mi juicio, conquistar las calles.

Una reforma electoral por la puerta de atrás

Hoy ha sido un día de golpes: golpes a los mineros y manifestantes en Madrid -incluídos niños-, golpes de la especulación y, sobre todo, el gran golpe a lo público anunciado por el Gobierno con el que se ataca, sobre todo, a los desempleados, funcionarios y pensionistas y se asemeja a las medidas de recorte dictadas en países intervenidos como Grecia o Portugal mediante las que se pretende dar un hachazo que recorte 65.000 millones de euros en dos años.

Pero hay una medida que quizá sea la que pase más desapercibida y no por ello es menos importante que es la que anuncia un recorte del 30% de los cargos políticos en los ayuntamientos. Esta medida es, simple y llanamente, demagogia y populismo que se aprovecha de una desazón generalizada de los ciudadanos hacia los políticos profesionales. Quizá el discurso transversal en ocasiones de colectivos como Democracia Real Ya o el 15M que no siempre han concretado del todo sus denuncias aunque casi siempre sean acertadas a mi juicio, ha provocado que exista entre la sociedad un descontento generalizado y sin ningún tipo de cribado hacia los políticos como ente abstracto. Se fomentó durante mucho tiempo que el problema de España era el excesivo número de políticos, un problema cuantitativo, cuando en realidad en problema no es la cantidad, sino la calidad y se intentó, en una suerte de mesianismo, hacer creer a quienes buscaban una respuesta fácil a la situación actual de nuestro sistema que la culpa era de los políticos, en general, sin matices ni más argumentaciones.

Evidentemente en España hay ayuntamientos que son un sumidero de dinero público, que malgastan, que confunden sus prioridades y, en algunos casos, que incurren en delitos con dinero público. La corrupción es una lacra profusamente diseminada entre los dos grandes partidos políticos que se turnan en el Poder y quizá por ello no se ha intentado nunca de manera eficiente perseguir y erradicar la corrupción, como tampoco se ha hecho nada por acabar con los privilegios de la Iglesia o por una efectiva lucha contra el fraude fiscal.

El problema, como decía antes, no está en la cantidad de políticos, sino en la calidad de los mismos y, sobre todo, en la conciencia de lo público que tengan. El Partido Popular se envuelve ahora en la bandera de la austeridad, del gasto eficiente de los dineros y de recortar y exigir sacrificios a los ciudadanos para salir de esta crisis que no es sino consecuencia del festín de unos pocos a los que encima se les rescata con el dinero de todos. Mientras nos exigen sacrificios, que nos repaguemos la sanidad, que hacinemos a nuestros estudiantes en clases saturadas, que ataquemos a los sindicatos por no arrimar el hombro en la destrucción del estado del bienestar, mientras todo eso ocurre, ellos, los austeros, gastan los dineros que no tenemos en promocionar la tauromaquia, en Fórmula 1 o en desviar tales cantidades de millones de euros para salvarles el culo a los causantes de esta catástrofe en la que nos encontramos que ni sabría siquiera cuantificarlo en pesetas.

Pues parece que ahora se dan las circunstancias perfectas, un cierto malestar de unos que quieren soluciones fáciles y un gobierno que busca saturar con recortes para que solo nos quedemos con la superficie desemboca en esto, en que de repente la solución para recortar el gasto es eliminar un 30% de concejales en España. Es curiosa esta medida cuando hay que tener en cuenta que en la inmensa mayoría de los ayuntamientos pequeños y medianos los concejales no cobran ni reciben ningún tipo de remuneración por su labor. También hay que tener en cuenta que en los casos en los que se cobra el problema no es por el número de concejales, sino por el partido que gobierna.

En mi caso, en el Ayuntamiento de Pravia, hay dos personas que perciben un sueldo por ejercer sus labores políticas: el alcalde y un concejal con una liberación completa. Personalmente opino que sus remuneraciones son excesivas, incluso diría que son obscenas para los tiempos que corren y, en el caso del concejal liberado, dudo de la necesidad de una dedicación exclusiva. Es mi opinión, evidentemente en el partido que gobierna creerán que los 4000 y pico euros mensuales que salen del Ayuntamiento para esos dos sueldos son más que justificadas, es su opinión y yo la respeto aunque no la comparta porque, como dije anteriormente, el problema de los ayuntamientos con los concejales no es un problema cuantitativo sino cualitativo y que depende de la ética de lo público que tengan los partidos gobernantes y no del número de concejales que componen el pleno.

Lo que sí está claro es que una reducción del número de actas reduce considerablemente la democracia porque facilita las mayorías absolutas del partido hegemónico, dificulta la representatividad de las diferentes opciones que le disputen el poder y ataca la posibilidad de entrada de formaciones diferentes al elevarse el ratio. Y esto no lo digo solamente por ser militante de una organización que por un puñado de votos está fuera del Ayuntamiento, lo digo por una mera cuestión de higiene democrática y porque la política de un municipio debe ser la representación de su composición social e ideológica y en la pluralidad y diversidad está la calidad democrática de un pueblo.

Para más datos sobre este asunto, hay un excelente análisis en el siempre recomendable blog “Fueya en blanco”.

 

La salud, en venta (segunda parte)

El pasado 24 de abril se publicó en el Boletín Oficial del Estado el Real Decreto-Ley 16/2012 aprobado el 20 de abril “de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y mejorar la calidad y seguridad de sus prestaciones”. Con esta nueva normativa se pretende extender al ámbito sanitario la concepción dominante de recorte en nombre del déficit bajo la excusa de garantizar la sostenibilidad del sistema sanitario. El polémico decreto establece, entre otras cosas, el re-pago sanitario a pensionistas o la eliminación de cobertura sanitaria a inmigrantes o a jóvenes mayores de 26 años sin cotización.

Según toda la mitología eficientemente construida y difundida por el neoliberalismo que salpica, en mayor o menos medida, a los dos grandes partidos de ámbito estatal y a algunos de ámbito autonómico, el sistema sanitario español es insostenible y necesita de una urgente revisión que permita introducir las recetas de ajuste o, como ellos lo suelen definir, una reorganización de los recursos públicos. Los recortes, que es lo que son en definitiva, son la punta del iceberg de una estrategia muy bien elaborada por los poderes económicos con el único fin de desguazar lo suficiente del sistema público sanitario para que las clases medias se sientan incómodas y se lancen a los brazos de la sanidad privada, convirtiendo de este modo el sistema de asistencia sanitaria público en una suerte de ente caritativo, de bajo nivel, de bajos recursos y socialmente poco apreciado.

Se le olvida a la derecha de que en España cada vez hay más pobres y que los pobres son cada vez más pobres. Se le olvida a la derecha -y a parte del centro- que quienes hoy copan los servicios de caridad son los que ayer ellos convencieron de ser clases medias: los trabajadores de la construcción, los autónomos, los obreros fabriles o el sector servicios.

Los genéricos: no es oro todo lo que reluce

Se impone poco a poco la idea de que la solución pasa por la introducción masiva de los medicamentos genéricos en los hospitales hasta el punto de que se está creando entre la opinión pública un discurso contra los laboratorios farmacéuticos, un concepto etéreo y poco definido, que esconde un caramelo envenenado.

Un medicamento genérico es un avance como medida de presión ya que añade competencia en el mercado y sirve de dinamizador de la política de precios, obligando a los laboratorios a reducir el precio de sus productos con marca comercial para poder competir con el genérico. El problema es que se nos olvida que los genéricos no nacen de los árboles, que tras ellos también hay laboratorios farmacéuticos y que no son lo mismo unos que otros productos. De hecho se nos oculta, creo que de manera interesada, que en muchas ocasiones es el mismo laboratorio el que hace la marca comercial y su genérico. Cuando se hacen reportajes para confundir a la opinión pública en este aspecto no sobraría decir que no es lo mismo un genérico fabricado en un laboratorio de la India o China que uno elaborado en Alemania o Francia, y tampoco se debería ocultar que ya hay fármacos genéricos que han tenido que ser retirados del mercado por ser fabricados en laboratorios sin un mínimo de condiciones de seguridad o que en algunos casos se fabricaban con producto de origen desconocido.

Un genérico, por definición a vuela pluma, es el principio activo, la molécula en la que se basa un medicamento que, pasado un periodo de tiempo, se libera de patentes y puede ser fabricada por cualquier laboratorio que tenga la tecnología suficiente lo que en teoría abarata los costes y lo hace más accesible. Lo que no se explica habitualmente es que esa molécula, ese principio activo es solo una parte del medicamento comercial y no se puede asegurar que sean lo mismo porque eso es mentir. Evidentemente que un ibuprofeno genérico contenga un 80% de producto similar a un ibuprofeno de marca comercial puede importar más bien poco, porque como analgésico para dolencias leves puede servirnos igual. El problema viene cuando por ejemplo hablamos de medicamentos de tipo neurológico o para tratar un cáncer ya que ahí un 20% de diferencia entre un producto es una diferencia lo suficientemente elevada como para plantear riesgos de tratamiento, de tolerancia y, en muchos casos, de eficacia. Ya no hablemos por ejemplo, de la locura de pretender romper los combos establecidos para tratar a enfermos de VIH a lo que por cuestiones éticas ya existe un movimiento de objeción de conciencia entre médicos de Comunidades Autónomas donde se les exige emplear genéricos como Cataluña.

Hay otro aspecto que tampoco se tiene en cuenta y a mi me parece el más peligroso de todos. Un laboratorio, por norma general, dedica una serie de recursos para la investigación de nuevos fármacos, de nuevas vacunas y nuevas moléculas, y es quien suple la carencia de I+D+i del Estado. En definitiva, son los que inventan. Por su parte cuando un laboratorio fabrica un genérico reduce costes porque no inventa, simplemente copia, toma lo que otros inventaron para fabricarlo y venderlo a un menor coste ya que no tiene que amortizar la inversión en investigación.

A corto plazo, esta política es positiva ya que como dije anteriormente, obliga a la marca comercial a ajustar el precio inflado durante años para poder competir. Pero es pan para hoy y hambre para mañana ya que, cuando se impogan en el sistema sanitario los genéricos ¿quién va a invertir en investigar en nuevas moléculas para tratar dolencias que ya cubren genéricos y mejorar su eficacia o posología?

La gestión clínica, de la que se llenan la boca PP y PSOE, sirve para perpetuar una corresponsabilidad del personal sanitario en los gastos del sistema, amordazando el criterio profesional y adjudicándoles a ellos toda la responsabilidad del gasto público. La implantación de los objetivos, de penalizar la prescripción de productos de marca comercial -incluso si cuestan lo mismo- y bonificar a quienes receten principio activo.

Pero hay un gran peligro en la dinámica española de buscar la salida mediante los genéricos a la vez que no se invierte en investigación pública que pueda suplir la carencia de investigación comercial. ¿Qué pasaría si un laboratorio desarrolla una cura al cáncer en, por ejemplo, Francia? ¿tendríamos en España a nuestros pacientes esperando durante años hasta que la patente de dicho producto caducara para poder tener el genérico por ahorrar costes? ¿permitiríamos que nuestros enfermos se muriesen de algo que al otro lado de la frontera se está curando solo por no querer permitir ese gasto? Pues algo similar a esto está ocurriendo ya con enfermos como los del VIH en algunas comunidades autónomas.

Centrales de compra: camino al monopolio

Otra de las soluciones que aportan los ideólogos neoliberales es la creación de las llamadas centrales de compras que consisten, básicamente, en que la central compra medicamentos a gran escala para teóricamente abaratar costes y luego estos medicamentos se reparten entre los hospitales adscritos a dicha central.

Este modelo de gestión de compras, apoyado firmemente por el PP y dubitativamente por el PSOE, no solo es poco eficiente, sino que generaría un estacazo en el espinazo del sistema farmacéutico. Lo primero porque obligaría a que todos los hospitales españoles tuviesen que adoptar los mismos protocolos y tuviesen que asumir el mismo catálogo, independientemente de las diferencias o la latencia de enfermedades en cada zona. Lo segundo porque favorece a los laboratorios más grandes, a los que pueden hacer mejores ofertas por volumen de producción y condenaría a los pequeños laboratorios a ser excluídos de todo el sistema sanitario y a su cierre.

Dicen que el sistema sanitario español es insostenible, que no hay dinero y que hay que recortar. Solo con lo que nos va a costar a cada ciudadano el rescate a Bankia, podría pagarse la vacuna del neumococo y del rotavirus a todos los recién nacidos, erradicando prácticamente por completo la mortalidad infantil en España, y aún sobraría dinero. Si se rescatan bancos, me pregunto, si no es más urgente rescatar a esos hospitales con deudas millonarias a los laboratorios farmacéuticos a los que ya se amenaza con no servirles más productos por falta de pagos. Me pregunto si no sería importante, ante el panorama actual, blindar los dos ejes fundamentales de cohesión social como son la educación pública univeral y la sanidad.

Por desgracia el Partido Popular cree que lo fundamental es rescatar entidades financieras y el PSOE duda de sus prioridades y recorta por imperativo legal (en Andalucía con nuestro apoyo, muy a mi pesar).

La telaraña de IU en Asturies: rebelarse o resignarse

Al fin se abrió el melón en Izquierda Unida y se pusieron las cartas sobre la mesa de cara a la participación en un futuro gobierno del Principado, evidenciándose que existe una postura mayoritaria del Consejo Político que apuesta por la negociación con la FSA-PSOE de cara a entrar a formar gobierno coaligados.

Algunos dicen que por valentía, que es hora de mojarse y que se lo debemos a los votantes. Dicen estos algunos que la ciudanía tiene memoria, que sabe ver dónde IU hace bien sus labores y que si hemos crecido se debe al gran recuerdo que tienen de nuestra gestión autonómica. También se aventuran a decir que sería una irresponsabilidad no entrar al gobierno a minimizar los efectos de los recortes en las asturianas y asturianos.

Pretender amortiguar recortes es, per se, una contradicción para Izquierda Unida y para el pensamiento de izquierdas en general, es renunciar al proyecto identitario de la izquierda, es poner en jaque lo público y caer en el zafio juego del individualismo y el sálvese quién pueda del discurso dominante. Pretender minimizarlos es asumir y aceptar el discurso de la austeridad, de que lo público es deficitario y de que hay que apretarse el cinturón ante una supuesta única fórmula neoliberal impuesta por los mercados.

Izquierda Unida es, o debe ser, la alternativa de la izquierda con vocación de gobernar. Discrepo con quien se escuda en nuestra falta de apoyo electoral para justificar que solo mediante pactos con el social-liberalismo se pueden llevar a cabo nuestras políticas, de que mendiguemos una supuesta visibilidad institucional y unas parcelas mínimas de poder. No somos el pepito grillo del social-liberalismo, no nos corresponde a nosotros la titánica labor de izquierdizar al PSOE, sino a sus militantes si es que consideran que el abismo que les separa de su nicho electoral merece algo más que eslóganes vacíos. Vivímos en un sistema político que castiga la discrepancia, la disidencia y el cuestionamiento del propio sistema. La tenaza del bipartidismo, unos medios de comunicación vendidos y subyugados al poder reinante y, para que engañarnos, una falta de claridad de nuestro discurso influyen en esa lenta conquista de apoyos. Precisamente por esa dificultad, por esa poca claridad, Izquierda Unida debe dejar de jugar al escondite, al rebelarse en campaña electoral y a resignarse en las instituciones.

Nuestra labor, el primer punto de nuestra agenda política, pasa irremediablemente por la construcción y fortalecimiento de un bloque de resistencia a los envites del neoliberalismo, un polo de izquierdas con una nítida oposición a los recortes y a las políticas de austeridad que explotan no solo a la clase trabajadora sino incluso a la propia soberanía nacional de los pueblos de Europa. Nuestra obligación histórica pasa ahora por la construcción de resistencias, de una hegemonía disidente y rebelde que plante cara y señale con el dedo a los causantes de la crisis capitalista. El ‘sorpasso’ que sacude Grecia con la previsible victoria de Syriza, coalición hermana de Izquierda Unida, nos demuestra que la construcción de estos polos de resistencia y oposición a las políticas de ajuste no solo son posibles, sino que son la única vía hacia una salida social de la crisis y a un replanteamiento de los principios mismos de la UE.

Asumir las recetas de ajuste, los golpes de mercado, es asumir y aceptar la manzana envenenada de quienes no cuestionan, sino gestionan. No podemos gobernar con quien legisla contra los trabajadores con reformas laborales que nos condenan a los jóvenes a un presente y futuro de miseria, ni con quienes no se oponen a las jornadas de 65 horas, que retrasan la edad de jubilación, que regalan miles de millones de euros a la banca para que socialicen sus pérdidas o que prostituyen la Constitución para perpetuar la limitación del déficit público que es, en definitiva, lo que da cobertura legal a los recortes y los ataques sistemáticos a lo público. Gobernar, pretendiendo amortiguar los recortes, es asumir que la única salida a la crisis es la mera gestión de las migajas, es suponerle una bondad al social-liberalismo que no tiene y es otorgarle la legitimidad de hacer recortes “de izquierdas”.

Decía Mark Twain que un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa. Tenemos las ideas, si no somos valientes por una vez, si no planteamos que queremos ser una alternativa real, si no demostramos a la ciudadanía que nuestro proyecto no pasa por un mero encasillamiento de gestión de pequeñas parcelas, estamos perdidos. En manos de Izquierda Unida está demostrar que queremos otra sociedad, que tenemos un proyecto y que representamos a los de abajo, a los más débiles de la cadena. Yo, al menos, considero que debemos seguir ese hilo rojo de la historia que nos une con los de abajo, con los que lucharon y luchan por una sociedad justa a quienes debemos la lealtad, no a los voceros del institucionalismo liberal, a quienes nos acusarán de voto inútil, de pinzas de la derecha o de locos cuando no les bailemos el agua y planteemos alternativas reales. En nuestra mano está empezar desde Asturies la construcción de ese polo de resistencia contra los mercados, que sirva de modelo para el resto de compañeros de IU o, por el contrario, podemos optar por la resignación y la gestión de los recortes, manchándonos las manos con una crisis que no hemos provocado y siendo cómplices del desmantelamiento de lo público. Yo personalmente, al igual que lo creía en la campaña, creo que es hora de REBELARSE y no de RESIGNARSE.

Algunas propuestas (recopiladas de varios compañeros) que podrían formar parte de la hoja negociadora con la FSA para una salida social a la crisis:

  1. Plan Regional de recuperación pública de los sectores estrategicos. Que las empresas que cierren puedan ser recuperadas desde la administración autonómica y se pongan en marcha mediante mecanismos de cooperativismo o autogestión de los trabajadores.
  2. Creación de un Instituto de Crédito Regional que financie a PYMES, sectores de economía real y el Plan Regional de Recuperación Industrial. Defensa del Plan del Carbón.
  3. Modificación Fiscal progresiva. (Ecotasa, Impuesto Patrimonio, Impuesto Sociedades). Lucha contra el fraude fiscal. Supresión inmediata de las ventajas fiscales de la Iglesia Católica y otras confesiones religiosas (IBI) y compromiso de la progresiva erradicación de los conciertos educativos y sanitarios en Asturias.
  4. Plan de Choque contra el paro y la precariedad juvenil. Ayudas a la emancipación de los y las jóvenes.
  5. Articular medidas encaminadas a erradicar los desahucios por despidos de los miembros familiares. Campaña de Dación en Pago y recolocación de las familias en viviendas públicas. Fin de colaboración con entidades que no ejecutan la dación en pago o no renegocian una deuda temporal. Llegado el caso: utilizar los edificios del Gobierno, la banca y la iglesia para alojar a las personas sin hogar.
  6. Instalación de comedores populares en toda la región para familias con pocos recursos y promoción de economatos públicos con subvención para alimentos de primera necesidad. Gratuidad del desayuno y comida de los niños con familias en riesgo de exclusión e hijos de parados de larga duración.
  7. Rebaja salarial del 30% de todos los miembros del Gobierno Autonómico asi como cargos de confianza y asesores, así como la reducción de estos últimos.
  8. Plan de Ganaderia y Agricultura con el fin de revitalizar estos sectores. Que los frutos de esta actividad reviertan en los comedores públicos y los economatos. Respeto del Medio Ambiente. Nicho de Empleo Verde.
  9. Defensa de la Sanidad y la Educación Pública. No recortes salariales. Congelación de Tasas.
  10. Plan de Integral por Derechos Sociales y Ciudadanos, contra la represión. Fin de las redadas a inmigrantes.

Mi postura ante el referéndum:

– No a la entrada en el Gobierno.
– Apoyo a las políticas de izquierdas que plantee el Gobierno autonómico desde la oposición consecuente.
– Oposición frontal a todo tipo de recortes. Los dos partidos que incluyeron la limitación del déficit público en nuestra Constitución tienen 27 diputados, mayoría absoluta para aprobar sus recetas de austeridad y recorte.