Y, al final, ganó Juanón

Si Juan --Juanón como lo llamaban y llaman muchos en Pravia- fuese de ese tipo de personas rencorosas, hoy probablemente estaría esbozando una sonrisa viendo las noticias de TPA. Y es que los pravianos que tenemos un mínimo de decencia democrática no podemos evitar hoy recordar aquel fatídico 18 de diciembre de 2002 en el que se producía un tamayazo a la praviana. El pacto de los “guerreuros”, como se conocía, colocó a Juan Carlos Guerrero Arias como alcalde con los apoyos del Partido Popular, el voto de un tránsfuga del PSOE y, como es obvio, el triple salto mortal de Guerrero y sus compañeros de URAS que no solo desmantelaban su formación en Pravia, sino que también lo hacían en la Junta General del Principado.

A mediados de los años 90, ganaba las elecciones Juan Carlos Guerrero en plena ola de crecimiento del PP en toda España. En Pravia, que siempre fuimos nostálgicos de nuestro pasado capitalino, comenzaban a aparecer farolas, adoquines y jardineras que compartíamos con aquella Oviedo del todopoderoso Gabino de Lorenzo, que copaba portadas a cualquier coste, incluso regalando perros cocker que, como no podía ser de otro modo, también le llegaron al alumno aventajado del gabinismo a la praviana. Y es que siempre fue nuestra derecha local muy dada a copiar los movimientos personalistas y tan pronto pasó del gabinismo acérrimo al renovadorismo de Sergio Marqués (y años después, cierta derecha, al casquismo). Y en esas, cuando el PSOE volvió al gobierno en 1999, no pudieron evitar la tentación de buscar atajos para recuperar el poder y consiguiéron, quién sabe por qué, aunque muchos lo intuyámos, que un concejal del PSOE les apoyase una moción de censura que recuperase ese “estado natural de las cosas” que entienden nuestros vecinos de derechas que debe ser el de nuestro concejo.

Como decía el Nobel indio Rabindranath Tagore, “la verdad no está de parte de quién grite más” y ciertamente la política praviana no volvió a ser lo mismo después de aquel 18 de diciembre de 2002. Se volvió convulsa, apática y llena de macropromesas, de unos y de otros. Pasamos de aquel maestro de matemáticas, al que el mayor defecto que le atribuían sus rivales externos e internos era su excesivo cuidado por el dinero público y que dejó unas cuentas públicas con superávit, a once años después soportar una deuda de 4,5 millones de euros y dos exalcaldes envueltos en procesos judiciales de complicada resolución. Fíjese el lector las ironías de la política y la economía, lo que en aquellos años de burbuja muchos consideraban un defecto, sería hoy una virtud.

Aunque, como empecé estas líneas, estoy seguro que Juan probablemente siga hoy con su gesto serio y más atento al partido del Barça que a la política o, en este caso, antipolítica asturiana, muchos somos los que en Pravia estamos esbozando una sonrisa por él. Queramos o no, por encima de siglas e individuos, siempre debe prevalecer la honradez de las personas. Y más en estos tiempos.


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