Un reloj. A mi güela Carmina solo le quedó de su padre un reloj de bolsillo que con la oscuridad de la noche fue a entregar un testigo de aquel crimen. Ni siquiera una foto, solamente un reloj que, como elemento simbólico de su memoria se decidió que pasase a manos del primogénito. Era un 29 de octubre de 1937 y un par de tiros acabaron con la vida de José Sánchez Reinal, de 49 años, fogonero de profesión. Mi bisabuelo e hilo conductor de gran parte de mi historia familiar.

Si para muchas familias de las que perdieron la guerra un tupido velo de silencio lo cubrió todo, no fue el caso de la mía. Todos y absolutamente todos los recuerdos que tengo de mi güela pasaron siempre por recordar aquel crimen que marcó toda su vida. Le tocó compartir infancia con otras huérfanas, con aquellas cuyos padres habían muerto defendiendo a los golpistas. Pero incluso entre huérfanos hay diferencias. Ellas tenían un lugar donde ir a llorar a sus padres, donde llevar flores. A sus madres y parientes se les recompensó con alguna oficina pública en monopolio. Ellas no sufrieron ni el hambre ni el pasar toda una vida sin tener donde llorar a los tuyos.

Aquellos dos tiros de octubre de 1937 no solo se llevaron la vida de José Sánchez Reinal, también se llevaron la infancia, la juventud y media vida de mi güela. Trajeron las miradas, los recelos, las presiones para que mi bisabuela malvendiera aquella pequeña canterina que le costó la vida a José. Trajeron hambre y sobre todo intentaron traer vergüenza. Cuando llegaron los años 80’s, con el tirano muerto, aún tocó aguantar los comentarios complacientes por parte de esas otras huérfanas de que quién iba a decir que el nieto de un rojo fuera a la universidad, que vaya mérito.

Y murió mi güela y quiso la mala fortuna que tenga que reposar a escasos dos metros de un mastodóntico memorial a los “caídos por Dios y por España” con poemas de Sánchez Mazas incluídos. 

A José Sánchez Reinal lo mataron en la Junquera, en San Esteban. Cada viaje que hice durante toda mi infancia en el tren Pravia-San Esteban mi madre se encargaba de recordarme el punto exacto de aquel trazado donde estaba enterrado su abuelo.

Lamentablemente las sucesivas obras durante décadas primero del Vasco-Asturiano, luego de FEVE, así como la composición del terreno nos hacen prácticamente asumir que hace ya décadas que dicha fosa fue destruida. Por la desidia, por los avatares del tiempo. Y es una pena, porque a mi güela, a mi madre, poder rescatar esos restos de allá donde desde hace 70 años unos miserables que ya llevan décadas muertos decidieron esconderlo, hubiese sido la mejor forma de hacer justicia. El al menos dar sepultura digna donde la familia queríamos. 

Recuperar la memoria, reivindicar la república, es, para mí, reivindicar mi historia, mi familia y nuestro derecho a construir un país en igualdad, justicia y, sobre todo, en el que todas aquellas familias que así lo deseemos podamos tener un lugar donde honrar a los nuestros. Un país que herede lo mejor de aquella república que nos robaron para construir el futuro que merecemos.

Te mando besos de agua
para que curen tus heridas
te mando besos de agua…