Cuando L’Arena quiso ser independiente

Sacuden las páginas de prensa en los últimos meses -¡y los que nos quedan!- noticias sobre independencias, secesionismo, unionismo y mil y un tertulias sobre causas y consecuencias del independentismo. Pero, ¿y qué pasa cuando la “independencia” surge al lado de tu casa?

Pues esto se lo podríamos preguntar a las vecinas y vecinos de Sotu’l Barcu, quienes, allá por 1932, vieron como corría peligro la integridad territorial de su concejo y a los que les tocó lidiar en un particular pulso secesionista con las vecinas y vecinos de L’Arena.

Aunque el puerto de San Esteban sea quien marca la hegemonía de la ría del Nalón por su actividad industrial vinculada fundamentalmente al carbón, se va desarrollando a la otra orilla de la ría una industria pesquera y conservera que va llevando mejoras sustanciales al pueblo con cada costera que llega. Lo que antes eran largos arenales ahora toma forma de pueblo costero moderno, con chalets y villas modernas que hasta sorprenden a extraños. Sin embargo, la falta de miramiento de la administración por lo que ocurre a la vera de la ría, que ya comienza a atraer turismo hacia su playa, empieza a cansar a los arenescos. Sin agua, sin saneamiento y con unas condiciones higiénicas pobres para los trabajadores, se va gestando y va calando la idea de abandono entre vecinas y vecinos. Una idea que desembocó en solicitar primero su reconocimiento como entidad local menor y, posteriormente, aspirar a segregarse del concejo de Sotu’l Barcu.

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Y es que tanto fue el revuelo que el propio Gobernador de Asturias tomó la determinación de visitar L’Arena de incógnito para conocer de primera mano si era tan grande el descontento. Y, como siempre que hay revuelo, la prensa no se quedó inmóvil. El diario madrileño “La libertad” del 20 de agosto de 1932 dedicó un amplio reportaje en el que narró la visita del Gobernador y el ambiente que reinaba entre vecinas y vecinos del pueblo.

A nuestra llegada nos encaminamos a la playa. Unos viejos marineros y unos niños recogían residuos del carbón que llega hasta allí en las aguas del Nalón. Con uno de los marineros se puso a hablar el gobernador, deseando conocer su opinión en cuanto a la segregación. Aquel pescador no era partidario de ella. Con serenidad fue exponiendo razones en favor de la no separación.

-Lo que hay que hacer -dijo- es pedir al Ayuntamiento de Soto mayor atención para nuestros problemas; pero no disgregarnos de él.

Continuamos nuestra marcha hacia la Rula, y, confundidos con los pescadores y pescadoras, pudimos comprender claramente que el que primeramente nos había hablado era una excepción en el pensamiento del pueblo. Luego supimos que aquel vecino, con otros cinco o seis, han sido los únicos que no han firmado la solicitud de disgregación.

Los vaporcitos pesqueros estaban inactivos, y sus tripulantes se negaban a salir a la mar en tanto no tuviesen la promesa formal de que sus deseos habrían de ser tenidos en cuenta.

Al enterarse unos vecinos de que era el gobernador el que se encontraba en La Arena, hicieron sonar la sirena de la Rula, que habitualmente se utiliza para anunciar los vapores que llegan con pescado y también para saber qué clase es el que traen. Cinco minutos más tarde se hallaba el pueblo en pleno ante la Rula. Ancianos y jóvenes solicitaban del gobernador atención para obtener la segregación. Recorrimos distintos lugares del pueblo, siendo incesantes las voces que pedían independencia para administrarse.

Desechamos la parte de pasión que suele haber siempre en estos casos, debida a las inevitables rencillas entre pueblos; pero aun así, tuvimos que reconocer que las ansias de segregación eran unánimes y sinceramente sentidas.

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“¿Qué mejor manera de conocer el problema que infiltrándome?”, debió pensar el Gobernador. La opinión que se encontró, como refleja el fragmento anterior que publicaba La libertad bajo firma de Gil Blas era bastante generalizada y las vecinas y vecinos parecían estar decididos a tomar el camino de la segregación. Pero más allá de lo sentimental y del orgullo herido, subyacían también cuestiones de índole económica que los arenescos no dudaron en transmitir al señor Gobernador:

Viendo la unanimidad que existía, preguntamos a uno de los dirigentes con qué ingresos atenderían a los gastos del futuro Ayuntamiento.

-¿Cuentan ustedes con ingresos suficientes para atender a las necesidades del municipio que pretender crear?

-Con lo que hoy tributamos nos sobran más de nueve mil pesetas cada año.

-Pues me han dicho que aquí los ingresos están atemperados a la pesca que haya.

-Le han engañado a usted. Nosotros tenemos concertado un canon anual, y con el importe del mismo nos sobra para atender a los gastos que se originen con la creación de este Ayuntamiento. Eso ahora, que dentro de poco, mediante iniciativas nuestras, estamos seguros de aumentar los ingresos sin perjudicar a los vecinos.

-¿Cuánto aportan ustedes al presupuesto del Ayuntamiento de Soto?

-Puede usted asegurar, sin temor a ser desmentido, que contribuimos con más del cincuenta por ciento.

-¿Qué problemas estiman ustedes de más urgente resolución?

-El sanitario. Si usted lo desee, acompáñenos a dar una vuelta por el pueblo y verá lo “bien” atendidos que estamos. Lo poco que hay casi todo es obra nuestra.

-¿Qué gestiones se hicieron hasta ahora para dotar a La Arena de agua?

-Verá usted… Aquí, cerca del pueblo, aparecieron hace tiempo unos manantiales con agua magnífica y abundante… Inmediatamente mandamos hacer proyecto y presupuesto para las obras… Ambos duermen en el Ayuntamiento un sueño demasiado prolongado.

-Dicen que ahora será un hecho la mejora.

-Tal vez. Hemos tenido que demostrar que nos damos cuenta de la injusticia para que se decidan a atendernos.

-¿Cómo está la enseñanza en La Arena?

-Hay en el pueblo más de ciento cincuenta niños privados de enseñanza por carencia de escuelas. Cierto que arreglaron las que existían; pero cierto también que son insuficientes para la población escolar que tenemos.

-¿En qué fecha les concedieron a ustedes los beneficios de la Entidad local menor?

-En junio de 1930. Tras bastantes contratiempos se nos concedió este primer paso  en nuestra independencia.

-¿Quiénes están a su frente?

-Don Manuel Albuerne Bravo, que es el presidente efectivo; don Aurelio González, D. Manuel González Suárez, D. Amador Avello, D. Marcelino y D. Francisco Fernández, D. Francisco de la Noval y D. Eladio González.

-¿Qué hubo de unas pesetas que en un presupuesto extraordinario se destinaron a obras en La Arena y luego quedaron a resultas?

-En el año de 1930 se consignaron 9.000 pesetas en ese presupuesto extraordinario de que usted habla. Eran 4.500 para Soto y otras tantas para nuestro pueblo. Después, por piquillas que no debieran existir, fueron dejando esas pesetas sin gastar, quedando finalmente a resultas en aquel Ayuntamiento.

Como ya sabrá el lector aquella segregación no llegó a puerto y poco a poco fueron volviendo las aguas a su cauce. Parece ser que el Ayuntamiento de Sotu’l Barcu se comprometió a subsanar los problemas que denunciaban desde L’Arena y pocos meses después las cosas se calmaron. Como bien dice Gil Blas en su reportaje, “contra un pueblo que unánimemente solicita una cosa es difícil y peligroso ir”.

¡Y es que bravos son los de L’Arena!


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