No conocía apenas a Tino. Quizá un recuerdo borroso de mis años en Juventudes Socialistas, aunque ni siquiera estoy seguro y a lo más que llegué a cruzar palabras con él fue durante algunas de las últimas citas electorales en las que coincidimos como interventores en la misma mesa. A fin de cuentas, en un sitio tan pequeño como Pravia, eso es como no conocer a la otra persona. A Felicidade, la víctima mortal, no le sabría poner cara y a María, la agredida, la conozco de vista, como a cualquier vecina o vecino.

Desconozco si Tino era buena persona o no, desconozco si era tan normal como dicen algunos de sus conocidos o si son ciertos los rumores que ayer recorrían la villa sobre un caracter oculto que desvelaban otros. Ni siquiera sé si era de los que saludaban en el portal o era taciturno. Lo desconozco, tampoco viene al caso. Lo único que sé a ciencia cierta es que el domingo por motivos aún por aclarar intentó acabar con la vida de María y poco después acabó con la suya no sin antes llevarse la de su esposa. Esos son los hechos, desgraciadamente tan comunes que, salvo para conocidos, familiares y vecinos, probablemente forme hoy ya parte de las estadísticas de la lacra de la violencia de género.

Por desgracia este fin de semana Pravia entró en las estadísticas al tener la primera víctima mortal de la violencia de género en Asturies en 2015. Maldito honor.

Ayer nos concentramos un nutrido grupo de pravianas y pravianos para condenar estos hechos. Allí estábamos concejales, representantes institucionales varios, militantes de partidos, vecinas y vecinos en general y mucha prensa. Sobre todo mucha prensa.

Pero si algo se escapa a mi comprensión no es solamente el crimen que, por desgracia, ya forma parte del susurro continuo de los telediarios. Lo que no comprendo es la debilidad en la condena de estos hechos, son las continuas justificaciones al crimen que se escucharon a algunas vecinas y vecinos de Pravia. Porque lo más grave en estos casos no es lo que se dice, sino lo que no se dice. A fin de cuentas, gracias a los medios de comunicación y a quienes como portavoces dieron cuenta de lo sociable y afable de Tino -que no pongo en duda- sabemos cómo era el que segó una vida pero desconocemos cómo era la víctima. Nadie habló de la víctima. Felicidade, irónico nombre, que se fue sin un minuto dedicado a su ser. Sin una palabra. Y eso es lo grave porque es un buen indicador de que no siempre lo que pasa fuera de casa es equivalente a lo que pasa dentro. Y es dentro precisamente donde pueden aparecer los monstruos.

No lo entiendo, ni el crimen, ni las justificaciones. Tampoco entiendo que cueste tanto una condena pública. Que sean necesarias tantas palabras, tantas vueltas, tantos giros estilísticos para evitar decir las cosas. No entiendo, ni puedo entender, que un crimen contra una mujer se pueda definir como “graves sucesos”. Porque cuando descarrila un tren, cuando un coche se sale de la calzada o un edificio se desploma, eso son graves sucesos. Cuando una persona, aprovechándose de una relación de poder sobre otra, le rebana el cuello y luego se quita su propia vida, eso, para mí no es un grave suceso. Es un crimen. Un asesinato con connotaciones machistas. Es de esas cosas que se deberían condenar sin tapujos, al igual que se condenan cuando ocurren a cientos de kilómetros de nuestro concejo.

No lo entiendo.