La violencia de los de arriba

Cuando el movimiento 15M irrumpió en la escena política y desde las plazas nos dió una hostia de realidad, supo concretar en una serie de pancartas y lemas lo que muchos pensábamos. La tan manida mayoría silenciosa sí nos veíamos representados en lo que todas estas pancartas decían.

Personalmente hubo una que me encantaba en la que rezaba “Violencia es cobrar 600€”. Quédese el lector con esa frase y reproduzca el video que adjunto a continuación:

Me gustaría dirigirme al interlocutor como señor, pero entiendo que para ser un señor en esta vida hay que tener palabra, hay que afrontar los problemas como decimos en mi casa, “como un paisano”. Lo llamaría individuo, pero también sabemos que determinados tipos de personas en este país siempre encontrarán la forma y el dinero para lanzar toda la justicia contra tí en defensa de su “honor”. Así que vamos a llamarlo simplemente por su nombre.

Se llama Miguel Ángel Zabala y es presidente de Ibersa y de Benito Sistemas de Carpintería. Yo hasta ahora no tenía el gusto de conocerlo, ni su nombre, ni su cara. Lo único que sabía era lo que la dirección de Benito sistemas hacía con sus trabajadores ya que la madre de uno de mis mejores amigos era una de las trabajadoras de uno de sus talleres. Sabía de los impagos, de las condiciones laborales más que cuestionables, de las mentiras de la dirección.

Este victimismo que se ve en el video se debe a un “escrache” que sufrió su domicilio familliar, a lo que responde amenazando con llevarse la planta a Galicia. La familia no se toca, se ve que le duele que sus nietos hayan visto a unos trabajadores reclamando que se les pague las nóminas pendientes, que se les pague el salario que les pertenece legítimamente.

Vuelvo a tomar la frase con la que iniciaba este breve post, “violencia es cobrar 600€”. Porque sí, porque la violencia tiene mil formas y mil caras, y de eso saben mucho los gestores de Benito Sistemas de Carpintería. Violencia es tener meses y meses a los trabajadores sin cobrar. Violencia es utilizar la situación de poder que te da para rebajar sus condiciones laborales y aplastar sus derechos aprovechándote de una crisis que tu gente ha provocado. Violencia, en definitiva, es negarle el pan y  la sal a quienes producen las rentas de tu riqueza, es decir, a los trabajadores.

Me pregunto por qué es más violento que los nietos de un señor que no paga sus deudas a sus trabajadores o que haya familias enteras del occidente asturiano endeudadas por no cobrar lo que les pertenece. Me pregunto si no es más violento que trabajadores que durante tantos años hicieron una empresa crecer y prosperar, con los que no se compartieron los beneficios de ese crecimiento, ahora se les exija a ellos asumir las pérdidas. ¿No es más violento que haya trabajadores de tu empresa a punto de perder su vivienda por no poder pagar su hipoteca o necesitando recurrir a ayudas familiares para poder comer? Como bien decía aquel lema de Izquierda Unida, “es hora de que el miedo cambie de bando”. Que sean todos los Migueles de este país los que comiencen a sentir la presión de los que están o estamos sufriendo las verdaderas consecuencias de esta crisis.

Me tomo la libertad de enlazar aquí un texto que he visto esta tarde en Facebook de una mujer que le da una respuesta mejor a este señor. Que corra la voz y que la solidaridad con los trabajadores de Benito Sistemas inunde todo el occidente. Afortunadamente también sigue habiendo ejemplos de solidaridad como el de los trabajadores de Ence en Navia.

#hayquecontarlo

En las últimas convocatorias de huelga he visto una tendencia por parte de muchas personas de pretender extender el concepto de huelga y paralización total a todos los ámbitos de la vida. Lo respeto, aunque discrepo en uno de los puntos que se suelen usar.

Evidentemente una huelga es un acto político de magnitud, de responsabilidad crítica y una muestra de poder en las calles. Una huelga no es solo la ausencia del trabajo, ni tampoco es solo hacer piquetes informativos. Una huelga es también dejar de consumir, dejar de utilizar los transportes públicos, dejar de usar los servicios públicos e, incluso, muchos plantean una huelga de cuidados, dejando sin realizar tareas domésticas, parando todo lo que incumbe a la vida cotidiana.

Existe una tendencia entre determinados compañeros a llevar al extremo el concepto de huelga, incluso planteando dejar de usar las redes sociales o los medios alternativos las 24 horas que dure la huelga. Lo respeto, pero me parece contraproducente.

En una jornada de lucha intensiva como una huelga general es imprescindible el uso de las nuevas tecnologías, en especial en estos momentos en los que los smartphones o teléfonos inteligentes y las redes sociales ayudan a abrir fisuras en estos tiempos de difícil acceso a los medios de comunicación de masas. Tomar imágenes ayuda a difundir el número real de manifestantes, que nunca será reproducido por los grandes medios, que la tratarán según los intereses circunstanciales de su grupo. También ayuda a grabar abusos y agresiones de la policia y poder luego demostrar cómo actúan quienes teóricamente están para protegernos. Y lo que es más importante, sirve para coordinar las luchas, para darles difusión y para que todo el mundo, esté donde esté, tenga información real, accesible y de primera mano para hacese una idea de lo que sucedió ese día.

A este respecto planteó un debate interesante Eldiario.es donde preguntaba a sus lectores cuál debía ser la postura más correcta, si secundar la huelga al 100% y no publicar nada, o establecer unos servicios mínimos, informando única y exclusivamente de la huelga.

Al menos en mi caso, mañana no consumiré, no trabajaré y no usaré servicios públicos, pero tendré bien cargada la batería del teléfono para, como en la anteriores convocatorias, poder dejar testimonio de lo que fue la huelga. En la era de la información, no se puede prescindir del único espacio realmente libre que nos queda como es Internet. Por primera vez en la Historia, existe un medio para comunicarse de manera universal, al alcance de todo el mundo y sin censuras, usémoslo, nos guste o no, es la herramienta más potente que tenemos en el siglo XXI para difundir ideas e información.

La Troika lleva camisa negra

Un 24 de octubre de 1922, Benito Mussolini decía en Nápoles: «Os digo con toda solemnidad: o se nos entrega el Gobierno o lo tomaremos marchando sobre Roma». Los 40.000 camisas negras que allí lo escuchaban gritaban en respuesta: «¡A Roma, a Roma!».

Este hecho simbólico desembocó en el ascenso al poder del fascismo en Italia y la antesala de régimenes como el de Hitler o Franco. Si Marx anunciaba en el Manifiesto Comunista que el fantasma del comunismo recorría Europa, en los años 20 y 30 fue el fascismo quien la recorrió, fulminando democracias parlamentarias en régimenes de corte fascista.

La desafección hacia la política, el surgimiento del ultranacionalismo como respuesta al Tratado de Versalles que no cumplía con las expectativas que pretendían los italianos tras la I Guerra Mundial, facilitaron el ascenso al poder de “la revolución fascista”, una autentica bestia que intentó acabar con todas sus fuerzas con el creciente y potente movimiento obrero italiano, sobre el que media Europa se miraba al espejo.

Hace hoy 90 años, Italia perdía su soberanía nacional para someterse a los designios de un tirano, de un mentecato ultranacionalista que dirigió Italia con mano de hierro desde 1922 hasta 1943.

También hace ahora casi un año, otro sátrapa con aspiraciones a tirano como Silvio Berlusconi abandonaba el gobierno de Italia para dejar paso a un presidente no elegido por los italianos. Berlusconi, con todos sus defectos, gobernó Italia durante más de dos décadas a golpe de urna (y de talón), pero una marcha inquebrantable sobre Roma, a ritmo del paso de la oca que marca la comisión de la Unión Europea, el FMI y el BCE, derribó el gobierno democrático para poner a otro duce que nadie había votado. La Troika, unos camisas negras modernos, mantienen el poder en Italia, lo han extendido a Portugal, a Grecia y, previsiblemente, pronto llegarán a España.

El próximo 14 de noviembre tenemos la posibilidad de ser, por una vez, nosotros quienes marchemos, quienes tomemos las calles. Desde Roma, Lisboa, Atenas o Madrid debemos salir a la calle y recuperar la soberanía popular. Seamos valientes, convirtámonos en partisanos contra las imposiciones de la Troika y en defensa de los servicios públicos. O ellos o nosotros.

En defensa de la huelga general (para empezar)

El próximo 14 de noviembre está convocada, por fin, una huelga general simultáneamente en Grecia, Portugal y el estado español. Digo por fin porque ante los recortes, la destrucción y degradación sistemática del estado del bienestar, con ofensivas día sí y día también contra los eslabones más débiles de nuestra sociedad, es de difícil comprensión que la movilización y la protesta, al menos desde el ámbito sindical, esté a la cola de las movilizaciones sociales o de lo que gran parte de la sociedad reclama.

De todos modos una huelga, con argumentos más que fundados, debe ser secundada y apoyada, pese a no contar, como algunos creemos que debería ser, con una planificación de movilización continuada e indefinida. Vale más tarde que nunca y no seré yo el pájaro de mal agüero que con la que nos está cayendo se ponga ahora quisquilloso con los sindicatos. Por desgracia la campaña antisindical ya está tan implantada que hace que muchas de las quejas nos las tengamos que callar quienes creemos en la importancia de la lucha sindical y del papel que históricamente jugó y debe jugar el sindicalismo.

No seré yo quien haga una hagiografía de las centrales sindicales, tampoco seré yo quien me escude en todos sus males (que no son pocos) para justificar mi desmovilización, ni tampoco enarbolaré banderas de ultraizquierdismo tras las que lanzar picas contra los sindicatos. Es precisamente el discurso y la critica furibunda al sindicalismo, algo tan implantado (y en muchos casos con razón), lo que hace que estemos como estamos.

A lo largo de las próximas semanas se sucederán los ataques a los sindicatos, a los sindicalistas y al derecho a la huelga. Probablemente el discurso más extendido será el de los sueldazos de los sindicalistas, de sus inmuebles y de sus comidas. Se les olvidará decir que sindicalistas son también quienes hacen labor sindical en su puesto de trabajo o que también lo son Cándido Carnero de la CSI o Sánchez Gordillo del SAT, a quienes no se les puede precisamente acusar de vivir del sindicato.

No se trataba del bienestar del trabajador, sino del sostenimiento de un andamiaje que gravitaba sobre las espaldas de la clase obrera. La lucha de clases no era un medio, sino un fin o con finalidad en si misma, a saber: la de mantener en el candelero a unos cuantos resentidos o vividores, de temperamento y gustos burgueses, aunque continuamente renegasen de la burguesía. (La Nueva España, 4 de febrero de 1937)

Se intentará buscar la división en los puestos de trabajo, se dirá que los delegados y los comités de empresa son unos vividores, que los auténticos currantes van a trabajar porque no están para perder un día de sueldo como esos que no piensan en los trabajadores, solo en ellos mismos y sus intereses.

Enchufados estos dirigentes en sus cargos de oficina, se hacían bien presto a la vida burguesa, marxista por excelencia, y en su interior despreciaban profundamente a los trabajadores, cuyas reivindicaciones aparentemente propugnaban. La masa obrera era para ellos simple escabel en orden a escalar puestos: escabel al cual se le da después el más gentil punterazo, como a cosa que no sirve sino de estorbo. El obrerismo de que blasonaban era mero andamiaje para alzar el edificio de sus ambiciones archiburguesas; su vida toda, ficción y parasitismo. (La Nueva España, 9 enero de 1937)

Y no olvidemos tampoco que la principal queja será de la falta de patriotismo, la deslealtad, el optar por el camino que ellos consideran fácil de la huelga, en lugar de arrimar el hombro para salir juntos de la crisis e incluso se nos acusará de hacerle el juego al soberanismo.

Pero ha llegado el momento no de elegir, sino de obedecer. La salud de la Patria así lo exige. Obedezcan, pues, los obreros honrados que quieran contribuir de buena fe a edificar la Nueva España, la España una, grande, y libre que todos los buenos españoles anhelamos. (La Nueva España, 15 de enero 1937)

Nota: evidentemente recojo extractos de 1937, pero os apuesto algo a que en semanas venideras, lo dicho en esos extractos se podrá leer en la prensa de 2012.

Pobreza, paro y Laponia

En el estado español el 22% de los hogares se encuentra bajo el umbral de la pobreza, es decir, reciben anualmente menos de 7.800 euros. Más de 580.000 familias no obtuvieron ningún tipo de ingreso. Estos datos arrojados por el último informe del Observatorio de la realidad sobre los efectos sociales de la crisis de Cáritas nos constatan que cada vez no solo hay más pobres sino que son aún más pobres que en 2010. Con el 22% de pobres somos uno de los países europeos con mayor tasa de pobreza (la media es del 16,4%), solo superados por Rumanía y Letonia.

Con unas cifras de paro dramáticas, con casi 5.000.000 de desempleados y con dos reformas laborales complementarias que facilitan y abaratan aún más la destrucción de empleo nos abocamos a un abismo con muy mala perspectiva. En 2011, por primera vez en 10 años, el saldo migratorio de España ha sido negativo según recoge el Instituto Nacional de Estadística, es decir, hemos emigrado más que inmigrantes han llegado. Más de un millón y medio de trabajadores españoles se encuentran ya en otros países en busca de unas condiciones laborales dignas y las previsiones no son nada halagüeñas.

Ante un panorama de miniempleos de 400 euros, del insultante salario joven aprobado por el señor Cascos y de una legislación laboral tendente a la precarización de la vida, en especial de los jóvenes, aparece la solución de la mano de la CEOE: hay que cuestionar que los parados cobren la prestación por desempleo si rechazan una oferta de trabajo, “Como si es en Laponia”.

Estas declaraciones, llenas de empatía y patriotismo, fueron realizadas por José Luis Feito, presidente de la Comisión de Economía y Política Financiera de la CEOE y evidencian a las claras cual es el pensamiento reinante en la patronal. Ya no sirve con despedir más barato, ni con establecer unas condiciones laborales leoninas, sino que para salir de la crisis, el trabajador debe renunciar a cualquier tipo de derecho, incluso el de no aceptar un empleo en unas condiciones indignas o, incluso, perjudiciales. Para la CEOE parece ser que cinco millones de españoles no trabajan porque no quieren, que hay miles de empleos sin cubrir porque hay gente que no quiere trabajar. Quizá alguien debería explicarles a los indignos señores de la CEOE que en Laponia no es concebible cobrar salarios inferiores a 1000 euros, que la seguridad laboral es más amplia y que los trabajadores no tienen que asumir todo el peso de una crisis que ellos no han provocado. Pero quizá eso a la CEOE no le interese discutirlo, no vaya a ser que a este lado de los Pirineos empecemos a pedir lo que queremos.

La última tragedia griega

Escribo estas breves líneas consternado, con una mezcla de enfado, de indignación y de tristeza. El parlamento griego acaba de aprobar en una aplastante mayoría (199 sí, 74 no, 5 abstenciones) un plan de ajuste que pretende dar solución a la crisis que azota el país mediante un recorte masivo y abusivo de las prestaciones sociales y del marco laboral. Veo estupefacto al PASOK, partido socialista griego, cogiéndose de la mano de la derecha para dar forma y  apoyar con su voto la destrucción del Estado del Bienestar, la subordinación de toda una nación a los interes financieros de la troika (BCE, UE y FMI) y, en definitiva, el sacrificio de la sobernaía popular de una nación vendida a coste de saldo.

La imagen que se está dando por los medios de comunicación españoles es de violencia gratuíta, de destrucción de inmuebles y de enfrentamientos con la policía. Muchas tertulias mañana condenarán la violencia del pueblo griego contra las instituciones, incluso surgirá algún tinte paternalista que crea que son unos pobres ignorantes que sacan una ira desbocada y mal canalizada. Nadie se está planteando realmente por qué el pueblo griego sale a las calles, por qué quema, por qué odia a la mayoría de sus políticos.

La troika, la entente formada por la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, es quien ostenta hoy el poder en Grecia a través de su gobierno pelele. Un gobierno que acaba de aprobar con la mano cómplice de los socios griegos del PSOE las siguientes medidas (aparte de otras que se harán públicas en 15 días):

  • reducción del salario mínimo entre el 22% y el 32% para los jóvenes recién incorporados al mercado laboral (menores de 25 años)
  • derogación de los convenios colectivos e individuales
  • recortes en todas las pensiones
  • el despido de 15.000 empleados públicos
  • un tijeretazo en prestaciones y servicios sociales

¿Quién puede culpar al pueblo griego de pelear con uñas y dientes por defender sus derechos, por defender su dignidad y su soberanía? Con una Grecia acechada por los buítres financieros, por los usureros que no entienden de empatías ni de dignidades, nadie en su sano juicio puede ni siquiera cuestionar la reacción de un pueblo contra los líderes que lejos de representarlos hacen el papel de cómplices de quienes los sepultan.

Solidaricémonos con el pueblo griego, enfadémonos por la injusticia de su situación pero, sobre todo, recapacitemos y pensemos cuál ha sido la deriva que ha llevado a esta situación, no tan diferente a la española. Pensémos quiénes han sido los responsables de la quiebra griega, quiénes han votado contra su pueblo y recapacitemos sobre la posibilidad de que seamos nosotros los próximos en caer bajo las garras de la usura financiera. ¿Estamos dispuestos a dejarnos vender y desmantelar con el colaboracionismo bipartidista? ¿vamos a consentir los recortes preventivos, que nos apliquen la política del miedo para no reaccionar ante el rodillo y el terrorismo financiero? Tenemos instrumentos, que el miedo no nos impida usarlos.

Giorgos Mayrikos, ha lanzado el proyecto de ley de austeridad al Ministro de Economía en pleno debate en el Parlamento griego.

Resultados (provisionales) de las votaciones:

A favor: 200 (PASOK, ND)
En contra: 74 (Synaspismos, KKE, 11 diputados del PASOK y 1 del ND)
Abstenciones:  9 diputados del PASOK, 1 de ND y la extremaderecha de LAOS

Lo confieso: tengo un miniempleo

Lo tengo que confesar: yo ya gozo de un miniempleo, antes incluso de que la CEOE propusiese tan genial y novedosa idea. Yo tengo mi miniempleo, mi minijob, tan europeo como mini y por eso puedo hablar con un cierto conocimiento de causa de lo que ello supone.

Sumado a mis múltiples contradicciones vitales entre lo que creo y lo que tengo que hacer para vivir, soy uno de esos miles de asalariados de una multinacional dedicada principalmente al poco transparente negocio de la farmacia y del márketing. Cada trabajo generalmente me supone horas y horas dedicadas a, con mucho estómago, descubrir los entresijos de cómo funciona el mercado de la salud o de los bienes de consumo. Y digo que he de convivir con esa contradicción porque evidentemente no me gusta tener que ser partícipe de las estrategias comerciales de determinadas empresas transnacionales, ni tampoco me gusta saber los entresijos de un medicamento o de una campaña publicitaria habitualmente poco veraz, pero de algo hay que vivir y mi remuneración, aunque pequeña, es un pequeño pellizco que me permite subsistir y completar la “beca” que mis padres me tienen concedida.

El sueldo depende de la carga de trabajo que haya en ese momento y puede rondar entre los 150 o los 400 euros al mes, con algunos picos que pueden llegar a los 600 o 700 si has tenido suerte de que te encarguen trabajo extra y si has renunciado a prácticamente todo tu tiempo libre para trabajar. Porque sí, el sueldo es mini como es en principio mini el trabajo, pero no son mini las horas que se dedican, ni las noches ante el ordenador para entregar trabajos que te adelantan de fecha sin previo aviso. Muchos días se superan con creces las 8 horas diarias, todo en función de la dificultad del trabajo que te envíen que, evidentemente, nunca te avisan de lo complicado que será o no con anterioridad.

Pero aún así me siento afortunado pues con estos pequeños ingresos puedo ir pagándome mis gastos mientras acabo mis estudios sin necesidad de sablear más de la cuenta a mis padres cosa que por desgracia la mayoría de estudiantes no pueden hacer. Lo que es evidente es que con esta ocupación, que es temporal y mal pagada, uno no puede construir una vida como tampoco se podrá construir una vida con los minijobs de 400 euros que propone el indigno señor Rosell. Con un sueldo de 400 euros nadie se puede emancipar, ni plantearse crear una familia. Pero lo peor de todo es que con 400 euros nadie puede tampoco consumir y, con ello, inevitablemente tampoco se puede incentivar con ello la economía.

La argucia por la que se pretende generalizar este tipo de contratos que, repito, ya existen, es la de siempre: reclamar la necesidad de los mismos por una supuesta tendencia europea a ello. Quizá por ser algo que siempre me llamó la atención he tenido la fortuna de conocer algunos de estos minijobs en las ocasiones que he podido viajar por Europa y no, su planteamiento no es el que se propone para aquí. Allí son un mero complemento económico para jóvenes y, sobre todo, para personas mayores que así completan su pensión como taquilleros o guías de museos a media jornada, por ejemplo. El problema es que la CEOE pretende convertir una práctica concreta para unas situaciones vitales concretas en una norma que le sirva para precarizar aún más si cabe el trabajo asalariado con especial incidencia en los jóvenes. Si se permite la generalización de estos contratos estaremos abriendo la puerta a la degradación ya no solo de los salarios, sino de directamente las propias condiciones y la estabilidad laboral.

La salida de la crisis no pasa ni por la destrucción de empleo público que propone la derecha y la patronal, ni por el abaratamiento del despido ni, mucho menos, por una mayor precarización del mercado de trabajo. La salida de la crisis pasa, sobre todo, por incentivar la creación de puestos de trabajo pero en unas condiciones dignas que permitan un flujo salarial que reactive la economía a través del consumo.

Según la CEOE, poseen encuestas de parados que ven con buenos ojos los minitrabajos. ¿Quién no vería con buenos ojos percibir un salario por ínfimo e injusto que sea tras años en el paro y una familia a su cargo? El problema es que se trata de una manzana envenenada.

 

Reflexión y reacción

Hoy, día de reflexión, he decidido hacerlo a mi manera y he leído (por fin!) Reacciona, la obra coordinada por Rosa María Artal y en la que colaboran plumas tan importantes como Ignacio Escolar o José Luis Sampedro. Es una pequeña gran obra que nos da, como su subtítulo indica, 10 razones por las que debes actuar frente a la crisis económica, política y social.Una lectura muy interesante para este día de reflexión, rodeados de movilización y lucha por una regeneración y profundización democrática de nuestro sistema. En definitiva, 10 razones para seguir dejándonos soñar a los utópicos que, en estos días, vemos la utopía más cerca que nunca.

Me tomo la libertad de reproducir un fragmento del apartado redactado por José Luis Sampedro, así como reproduzco al final del post un video a mi juicio muy interesante. Reflexionemos, reaccionemos y llenemos las urnas de votos de rebeldía mañana. Y el lunes a seguir acampando, discutiendo y debatiendo para conseguir una sociedad más justa.

¿Democracia? (extacto del artículo “Debajo de la alfombra” de José Luis Sampedro en Reacciona)

Es verdad que el pueblo vota y eso sirve para etiquetar el sistema, falsamente, como democrático, pero la mayoría acude a las urnas o se abstiene sin la previa información objetiva y la consiguiente reflexión crítica, propia de todo verdadero ciudadano movido por el interés común. Esos votos condicionados por la presión mediática y las campañas electorales sirven al poder dominante para dar la impresión de que se somete al veredicto de la voluntad popular expresada en libertad en las urnas. En ocasiones, como se ha visto, sirven incluso para avalar la corrupción. Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento.

Ya en la primera infancia se inculcan al niño creencias, que la mente infantil no puede sino asumir. Así continúa la formación mental de súbditos en las sucesivas etapas de una enseñanza orientada a formar productores competitivos y consumidores, que son los que interesan a los dominantes. Fuera de las aulas los medios audiovisuales siguen inculcando las ideas del mando, sugieren preferencias políticas y desvían el interés de las personas hacia los atractivos del consumismo y los espectáculos. Es imposible enumerar la infinidad de argucias contra el pensamiento crítico, sin el cual la famosa libertad de expresión pierde su valor. Con un somero repaso a los programas y a los resultados electorales de nuestro entorno desbriremos fácilmente bajo la alfombra, etiquetada y vendida como “democracia occidental”, un sistema oligárquico en manos de las minorías dominantes.

Resumiendo: queda claro que la crisis -en principio un problema económico- nace de una dominación política (gobiernos sumisos al poder financiero) en la que influye el problema social de los votantes condicionados por la propaganda. En la degradación de esos tres niveles del suelo bajo la alfombra -económico, político, social- se encuentran las respuestas a nuestras tres preguntas iniciales. En la terna, sin duda, el poder del dinero es el más fuerte.

Experimentos de democracia

La mecha está encendida. En las calles de Asturies al menos ya se respira este movimiento, en los bares, en las tiendas, en los puestos de trabajo, todos hablan de “estos guajes que tan acampaos”.  En todos, sin excepción, se escuchan halagos, se escuchan conversaciones más o menos agitadas que coinciden en definir este movimiento como necesario, urgente y esperado. Nadie, o casi nadie, duda de la legitimidad y de la justicia de lo que aquí se reivindica y eso puede marcar el camino de un movimiento social de futuro incierto pero de fuerza desbordante y, al menos por el momento, con un profundo caracter democrático, rebelde y solidario.

Hoy estuve unas horas en la acampada de Uviéu/Oviedo, dadas las fechas, a los estudiantes nos resulta complicado compatibilizarlo con los exámenes, pero la necesidad y la sed de cambio, nos obliga a salir y arropar al movimiento en cuanto los apuntes nos dan una tregua. La experiencia de la acampada, como otras que hubo con otros conflictos sociales, nos sirve como laboratorio de ideas, como un pequeño experimento de democracia y participación directa de los ciudadanos. Unos están aquí todo el día, otros sólo vamos unas horas, muchos pasan y acaban quedándose, pero esto interesa y mucho y esa es la clave.

Uno ya lleva unos años militando tanto en organizaciones políticas como en movimientos sociales y en muchas ocasiones se hace cuesta arriba y muy triste llegar a asambleas o reuniones y ver siempre las mismas caras, la misma gente. Eso no ocurre en este movimiento, aquí ves caras nuevas, gente ilusionada que no está pervertida por los sectarismos e inquinas partidistas y, sobre todo, ves gente de todas las edades y condición social discutiendo, al mismo nivel, desde el viejo anarcosindicalista hasta profesores, médicos, funcionarios, jóvenes parados, activistas sociales y, sobre todo, gente indignada, gente anónima que busca un sitio para quejarse que, hasta ahora, no podía ubicar.

Todos los días se juntan en la Plaza de la Escandalera en Uviéu/Oviedo, en plena milla dorada, rodeada de las sedes centrales de los grandes bancos y de las instituciones de gobierno asturianas, un grupo de unas 200 personas constituídas en un pequeño país poblado de ideas. No podemos creer que esto sea un resurgir de los soviets, pero lo que está claro es que nadie iba a pensar en pleno siglo XXI en el estado español se iba a dar una situación así, de liberación de espacios, de acotación de plazas para las ideas y que encima iba a ser apoyada masivamente por la ciudadanía. En Oviedo ni siquiera la policía se acerca, dicen que si hay que echar a los manifestantes de allí que vayan los políticos.

Yo no sé si esto es una revolución, tampoco en qué puede acabar, pero lo que tengo claro es que si no lo es, se parece mucho a la idea que tengo de ella. Cada día que esto dure, podremos seguir disfrutando de espacios libres y de un intercambio sano de ideas y propuestas con gente que hasta ahora se mantenía callada, indignada y sumisa, guardando su furia y sus ideas. Cada día se abre un poco el paso a una sociedad más justa, o eso creemos. Y mientras lo creamos, será verdad porque no hay nada más necesario como las utopías para seguir luchando y profundizando en la construcción de ese mundo nuevo.


Foto: Miki López

La generación traicionada

Apoyo las movilizaciones porque soy joven, porque estoy harto, porque no quiero resignarme y porque estoy lo suficientemente puteado y encabronado como para decir que ya está bien, que no quiero consentir más que me aplasten y pisoteen. No voy a tener un trabajo decente en mi puta vida, tampoco un salario, ni una pensión, ni siquiera voy a poder soñar con emprender una vida independiente sino a costa de la jubilación de mis padres. Soy uno de los millones de jóvenes que ven tan jodidamente negro su futuro que no tengo ya ningún miedo a decir que ya está bien, que no nos merecemos esta mierda de presente. Nuestros padres nos han dejado un futuro de mierda, nos han sentenciado, nos han vendido a los intereses financieros, a la banca, al bipartidismo y a la práctica desmantelación del estado del bienestar. Nuestro presente y nuestro futuro no sólo es que sea peor que el de nuestros padres sino que nos retrotrae a las míseras condiciones de nuestros abuelos. Nuestros padres nos vendieron, consintieron la desmantelación de nuestra industria, la destrucción del tejido sindical y los ataques continuos a nuestra ingenua democracia y al Estado del bienestar en su conjunto. Son ellos, nuestros padres, los engañados por las dos maquinarias bipartidistas, los engañados por las falsas promesas del progreso infinito, del mal menor, del posponer ideologías a tiempos mejores, del tragar con carros y carretas con la falsa ilusión de una España de clases medias, ellos, ellos son los culpables. ¿Es este el futuro que nos merecemos? No, y como no nos lo merecemos y como no queremos esa mierda de futuro ni para nosotros ni para nuestros hijos, tenemos derecho a indignarnos y tenemos derecho a reclamar otro modelo social más justo. Tenemos derecho a reaccionar, alzar la voz y reclamar lo que es nuestro, lo que nos deben, lo que nos han robado. Somos jóvenes, tenemos el futuro en la mano.

Contra la resignación, a moverse… ¡que ya es hora!

Un día después de las movilizaciones del 15-M toca hacer balance, cosa de la que se ha hecho bastante eco ya toda la red. En términos de participación y de movilización sin duda debemos considerar la jornada de ayer todo un éxito.  Sin embargo, en mi humilde opinión creo que deben hacerse una serie de consideraciones sobre el movimiento.

En esta jornada de análisis, cuando muchos de los que ayer se movilizaron aún acampan con afán de extender la protesta hasta el 22-M, dos son las posturas principales en todos los análisis. Por un lado quienes ningunean el movimiento, quienes critican su inutilidad, su falta de caracter revolucionario o de proyecto alternativo e incluso tachan de ser orquestada por la derecha. Por otro lado están quienes hacen el análisis cuantitativo más sencillo y ven en esta una suerte de nuevo movimiento de masas como pudo ser el movimiento anti-OTAN o contra la guerra de Irak. Personalmente creo que hay que estudiar un poco la situación y hacer otro análisis intermedio.

Ante un país con casi cinco millones de parados creo que todos debemos ver como una buena noticia que de repente haya gente que no se resigne, que no se pare y que salga a la calle a manifestar su descontento, a ellos todo el respeto. Moverse es romper una dinámica de pasotismo, de indiferencia y de apatía. Moverse es romper el miedo, tomar conciencia de que moviéndose se pueden cambiar cosas. Moverse, en definitiva, es comprender que quien participa tiene más posibilidades de cambiar las cosas que quien simplemente se resigna.

Cierto es que quizá lo que se podría criticar a este movimiento es su falta de cohesión, de proyecto alternativo. Basta hacer un simple corte estratigráfico a todos los amigos que se han movilizado y observar cómo son diferentes las motivaciones de unos y otros. Quizá este sea a la vez su punto fuerte y su punto más débil, una falta de discurso cohesionado y alternativo, que haga temblar realmente a los garantes del sistema.  Pero ¿es esto malo? En mi opinión cualquier movilización que haga salir a la sociedad de la apatía y del miedo que los bancos y el bipartidismo les tienen metidos en el cuerpo, por pequeño que sea, siempre es bueno. Despertar es bueno, aunque sólo sea un acicate que les haga a medio plazo tomar conciencia de quiénes son realmente los culpables de su situación. Que un mileurista, un parado o un hipotecado rompa la dinámica y decida que es hora de tomar partido quizá no sea la chispa que desate un movimiento revolucionario al uso, quizá no transforme la plaza de la Escandalera en Uviéu en una nueva Tahir, pero sí que puede servir para que esa persona sea consciente de que resignarse no es la solución, de que uno puede buscar su camino y de que en la lucha está la victoria. Si con las movilizaciones de ayer conseguimos que solo una mínima parte de los participantes hasta ahora despolitizados se acerque a la política y empiece a tomar conciencia de que otro sistema no solo es posible sino necesario, entonces habrá sido todo un éxito.

Stéphane Hessel nos invitó a indignarnos en su pequeño ensayo del mismo título, luego tomaron el relevo a este lado de los Pirineos gente como Ignacio Escolar o José Luís Sampedro en la obra “Reacciona” que coordina Rosa María Artal. Hagámosles caso, indignémonos primero por todo lo que nos han hecho, por todo lo que tenemos que pagar y por habernos llevado a esta situación y luego reaccionemos y utilicemos esa indignación para reclamar que éste no es nuestro sistema y que no los queremos, ni a los banqueros, ni a los grandes partidos que nos llevaron a esta situación, ni a los especuladores ni a los corruptos. Como se gritaba en Argentina allá por los años oscuros del corralito: “¡Que se vayan todos!”.

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“Pongo mi voz, para el que quiera usarla, como su propia voz, como su propia arma”

Quemaos del 2010

El 2010 acaba y como es costumbre toca hacer balance. En esta ocasión yo seré breve. Me preocupa acabar el año con un Gobierno que utiliza al ejército para resolver conflictos laborales. Me preocupa que se aplique la justicia militar a determinados colectivos. Me preocupa también terminar el año viendo que a nadie escandaliza que nuestras fuerzas de seguridad del Estado sean condenadas por torturas. Me preocupa que nuestro Gobierno desmantele la sociedad del bienestar con complicidad de la derecha. Me preocupa que una reforma laboral consienta despidos más fáciles y baratos a las empresas españolas que acaban el año de la crisis y los cinco millones de parados con 50.000 millones de euros de beneficios. Me preocupa que mi voto siga valiendo menos que el del resto de súbditos de este reino que también me preocupa.
Y, lo que más me preocupa, es que estemos quemaos cuando deberíamos estar quemando.